domingo, enero 12, 2014

Meditación


Meditación

Ahora que aprendo
Sigo respirando lento
Y de prestado y apenas
se cuela un ángel. Me acuesto
Y me sigue una sombra aérea,
a veces, fugante.
De vez en cuando me ilumino
y en un aliento, recuerdo un perfume
o huelo un viento.
Pero más son los días de paseo, en el monte de eucaliptos viejos
Ajados y cansados
Que sé que me quieren.
Que me han visto correr entre ellos, subirme a sus alas verdes y
Olorosas. Que siempre reciben mis silencios,
Con sus pestañas rumorosas.
Y me silban que
Ya está bien.
Que ya saben
cuánto me importa.
Y cómo será y siempre así,
Siempre para siempre.

Otra vez, respiro.

jueves, enero 09, 2014

Foto

Niño, nene, nenito triste y cercano. Niño escondido entre las chapas. Clavo en el zapato, diente de tierra, de piedra. De asfalto, de calles encharcadas y barrosas. Ojos abiertos y ciegos, oídos negados de cuentos Jesus! Si pienso y pienso el amor que espera cada día Encerrado en cajas de concreto, en abrazos solitarios y esperanzados Y saber que no. Que seguirá corriendo La carrera, el juego deshonroso de sobrevivir. Solo el horror es mayor que la angustia, que el desgarro. Caminatas de sombras. Nieblas de sueños que apagan el hombre. Gritos que mandan, puños que aprietan, ordenan. Y matan Si solo fuera feo. Es peor. Es desesperante, es la derrota de todo futuro. Es la impotencia de darse cuenta que, a pesar de todo, es peor cada día.

god

God. Escribí “God”, en la ventana. Así, en inglés. Cuelgo muchas cosas de la ventana. Debe ser una manera de querer que sepan como estoy. A veces cuelgo calzoncillos, otras cosas más sofisticadas, una carta, una bata de seda, un poema. Muchas veces he colgado cosas con ilusión y esmero, y eso no recibe ni una mirada. Cosas intrascendentes, se convierten escándalo. Nunca entenderé la ventana, o jamás entenderé a la gente. Esa tarde, en el vidrio empañado de una noche de helada, colgué “God”. Pude haber escrito “Dios” u “Oh, Dios!”. Pero no. Lo dije así, con el dedo, y en inglés, como quien suelta un suspiro, mitad alivio, mitad renuncia. Diosssss, con esa ese sibilante final, en español, se me hace claudicante, más “abajo”. La ventaja de los monosílabos sajones es que se hacen más carne en las emociones. Dije “God” y solté el aire, y la bronca. Y aflojé el cuello, dando por terminado el día, o la noche, ya no recuerdo. O no me importa. Dije “God” como quien se recuesta en el hombro de una mujer y se deja ir. Fue un acto reflejo, y no esperaba respuesta. Pero hubo. Casi instantánea, como los milagros que El puede. En inglés y en español. En el idioma que sepas, o el que quieras. Hay un idioma ligado a las emociones, que habita en mí. Y siento, quizá traicionando mi lengua, mas no a aquéllas, que no es lo mismo decir “te quiero”, que “ti voglio”. Entre una expresión y la otra, hay kilómetros de fuego y volcanes de distancia, recorridas a doscientos por hora en Ferraris furiosos, como labios apretados en combustión permanente, salpicados de vinos de terciopelo y soles de fábula. Se puede decir, “querida”, pero no es igual a decir “habibi”, como quien acaricia una mejilla tornasolada de aceitunas maduras, o saborea un baclava, dejando el almíbar en la punta de los dedos, para llevárselo a los labios en tres, cuatro o cinco besos. O pedir: “no te vayas, no me dejes”, no tiene nada que ver con mirar de frente, cara a cara, y rogar “ne me quittes pas”, jurando que te reducirás a la nada, que serás la sombra de su sombra, la sombra de su perro, la sombra de su mano. Pienso en Brel (y en una o dos personas más) y lo hago en francés.

Aire

Aire Sordo hierro hundido en el asfalto Unas vía secas del fantasma o Acaso la memoria del tranvía. Me encienden. Un ruido como aire. Aire Siento que puedo terminar ahí, morir. De rodillas, en mi cama No puedo gritar, no tengo lugar. Algo trepa desde abajo, desde el fondo de adentro Inunda la garganta, la quema. Flexiono el abdomen. La desesperación avanza. Me aprisiona los músculos. Trato de pensar. Esto ya ocurrió. Toso. Sólo que hoy es más fuerte, o más largo? Sostengo la respiración. Sé que el aire de todos modos no llegará. Cuánto podré soportar esta vez? Cuándo perderé la lucidez? Me sigo moviendo, tratando de desbloquear la tráquea, o los bronquios. Toso. Duele, mucho. Arde un ácido incinerante. Finalmente, respiro.

domingo, noviembre 27, 2011

Arenas

Vientos cambiantes
Como la voz temblorosa
De esa mujer absoluta
Una mujer incierta, devuelta
Por la espuma una tarde
Esa tarde casi comida por la noche
Por la noche crujiente de arenas
suaves y caprichosas.
Esas arenas que desprecian las huellas
De los amantes
Y los castillos de los niños.
Por el borde caliente de la cuchilla
La cuchilla que quema
Esa maravilla de cantar una botella
De cantarla en tus ojos que suspiran
Permisos delicados y frutales.
La cansada cuesta de suspiros
que recuerdan los ardores del dolor.
Los rencores del pedir, del deseo
Abierto y herido, del ansia de desaparecer
Allí dentro. Y seguir, hasta perderme.

domingo, agosto 08, 2010

Mañana de domingo





Hoy se despertó pesada, los ojos hinchados, la garganta seca. Ya había algo de luz en el cuarto. Esa maldita persiana no terminaba de cerrar. Sin atreverse a girar hacia el lado equivocado de la cama, alargó su mano derecha a la mesita de luz, y tomó el vaso. Sin terminar de abrir los ojos. Se incorporó apenas, esperando aliviar el malestar con el resto del agua, pero el vaso estaba vacío. Ahogó un suspiro ronco y se sintió apenas un poco peor. Apartó la frazada y la sábana y se sentó al borde de la cama, indecisa. Esperó unos segundos. Nada. Solo el silencio del domingo. De una mañana cualquiera de un domingo inútil. Nada. Bajó de la cama y miró, ahora sí, al otro lado. Apenas la leve depresión del colchón confesaba su ausencia. Un espacio vacío. Un agujero. Un cero redondo y completo como el silencio de ese domingo. Le pesó la cabeza y la nuca, y se odió con todas sus fuerzas. Otra vez, pensó. Se mordió el labio con tanta fuerza que sangró. Fue al baño. Se lavó la cara y abrió la ducha, caliente, muy caliente. Mientras el agua corría puso la a calentar la pava. Otra vez se había ido. Se había escapado, como el cobarde maldito que era. Ni siquiera la despertó para despedirse, ni siquiera una nota. Nada. Miró por sobre su hombro la cama grande, las sábanas desordenadas y le apreció que todavía podía adivinar el hueco que dejara el cuerpo del lado izquierdo. Su lado era el derecho, más cerca del teléfono del baño, de la puerta. El otro siempre fue el lado del otro, el de la ventana. Ella era local, el otro visitante.
Pero nunca como esta vez deseó tanto que se quedara. Todavía podía ver la cara mezcla de asombro y de ternura que él puso cuando ella le dijo que no podía creer que por un rato sería todo de ella. Por un ratito, se repitió, todo de ella.
En el baño, se encontró frente a frente con su cuerpo, todavía lleno de su aroma, desvestido para la ocasión. Se sintió estúpida y tonta en ese conjunto tan sexy. Tiró la lencería de seda roja al cesto de la ropa sucia, y se metió en la ducha hirviendo. Se quemó, y mezcló con agua fría. Se bañó rápido, sin saber por qué. Descolgó la vieja bata de algodón de la percha de la puerta del baño y cuando volvió a enfrentar el espejo vio sus ojos rojos, derretidos en lágrimas ácidas y vivas. Apretó los labios, y se prometió que no lloraría. No más. No por él. Al final de cuentas, no era más que un cagón.
Abrió la persiana del living. El sol invadió el silencio de la sala, entrando como un domingo entero. Había huido. No podía dejar de pensar que, otra vez, se había ido. Había escapado a su guarida tonta y burguesa, a su estúpida casita con flores en el jardín, con una rural en la puerta, con una mujer boba y gruesa que ya no le hacía caso, y sus hijos, grandes gordos y bobos como su madre, que sólo aprovechaban la billetera del padre. Que se joda.
Apagó la lámpara del sillón. Se la había regalado él. Tendría que sacarla. No quería saber más nada, no quería recordarlo siquiera, quería extirparlo de su vida. Era una lámpara linda, un diseño moderno y original. Una pena.
Nunca se resignó a la verdad; él nunca se separaría. Ahogó un grito, quería gritar, tenía bronca, impotencia, ansiedad. Al final de cuentas, ella siempre lo supo. Ella le dijo que no le importaba. Que ella sabía que era así. Que se quedara tranquilo.
Una mierda. Una flor de mierda. Tenía que sacar la lámpara, y esas láminas que le trajo de un viaje. Le dio más bronca todavía. Todo eso le gustaba, él tenía buen gusto. Todo el departamento estaba lleno de sus marcas. Fue el único que la acompañó cuando tomó la decisión de comprarse el departamento e irse a vivir sola. Hasta compraron la heladera juntos. Una locura.
Volvió al dormitorio, deshizo la cama y tiró las sábanas al suelo. Las hizo un bollo y las apartó para llevarlas al lavadero. No. Pensó mejor. Las sábanas … las quemaría. Eso estaría bien. El fuego purificador se llevaría las cartas, las pocas fotos, las sábanas. Luego tirarías las láminas y regalaría la lámpara. Y la heladera. En fin, la heladera no. Era mucho quilombo. Quemaría las sábanas. Eso estaba bien. Era simbólico. Borraría todos sus mensajes, cambaría el número de su celular, nunca más pisaría siquiera la vereda de su escritorio. Nunca más. Maricón, pensó. Cobarde. Se fue, podés creer, se fue….calentito a casita… era una mierda, pensó. Ni una nota. Ni un beso. No, nunca más. Basta.
Estaba tan enojada. Una vez. Le había pedido nada más que una vez se quedara con ella una noche entera. Pero no. Ni eso. Ni una noche. Mierda.
La culpa era suya. Se lo decía una y otra vez, pero no aprendía. No importaba cuan infeliz fuera, que su mujer fuere brujas, harpía, una frígida serpiente o un enorme elefante menopáusico. Siempre volvía a su cubil.
Y los otros?, se preguntó. Los otros ni figuran. Al menos él tenía ganas de alguna diversión, de alguna aventura.
Todavía recordaba la cara de él cuando en pleno viaje en taxi, le bajó el cierre del pantalón y a vista y paciencia del taxista se ocupó de atenderlo como si estuvieren en la más absoluta intimidad. El se había reído mucho contándole cómo veía la cara incrédula del tachero que por el retrovisor intentaba decidir si lo que veía era cierto o el recuerdo de una película en el canal condicionado. Se reía a carcajadas cuando llegó a la parte en que casi chocan en un semáforo. O esa otra vez, en el estacionamiento del restaurant de San Isidro, al lado del río, detrás de un árbol. Pero él era además una buena compañía. Un amigo. Alguien con quien conversar, horas enteras. Caminando por cualquier calle, escondido en cualquier café. Si, él era más divertido que cualquiera de los solteros elegibles que su familia le ponía delante, cada fin de semana. Maniáticos adolescentes tardíos, perdidos alrededor o dentro de su propia burbuja. Un plomo. Qué mierda. Tendría que borrar esa sonrisa de su vida. Volvió a enojarse. Era un turro. Un hijo de puta, un tarado.
De repente oyó algo en la cocina y se acordó que había dejado la pava con el agua para hacer café. Cuando llegó, el agua hervía con mucha fuerza, y al sacarla del fuego, la tapa saltó por los aires, y el vapor le quemó la cara, y la tapa cayó en su mano. Gritó, más enojada aún y además dolorida, insultado a diestra y siniestra mientras la pava rodaba al suelo y el agua hirviendo mojaba el piso de la cocina y le quemaba los pies descalzos. Dio otro gritito y salió hacia la entrada. En ese momento sonó el timbre, a sus espaldas. Quién sería, justo ese día, esa mañana, en ese puto momento que la vida se cagaba de risa de ella, y le quemaba la cara, los pies y las manos, y los ojos no veían la luz de la mañana de la bronca y el desarreglo que era su vida entera, en ese mismo momento en que se sentía morir, o se quería matar, (no lo tenía bien claro, era demasiado temprano y el café era un proyecto demorado) quién carajo sería? el portero, el diariero con la factura, , .. su madre? O peor, su hermana? Ahora?, qué rompebolas, por Dios! Abrió la puerta violentamente y sin pensar, gritando, quién es?!
La miró desconcertado, le pidió que la perdonara, que no la había querido despertar, pero que se había olvidado la llave- que había ido a la panadería, le dijo, balanceando estúpidamente un paquete de facturas del rulito de un piolín. Le dijo que la mitad eran de grasa, y la otra, de manteca.

miércoles, mayo 13, 2009

Benkós

Hundió sus manos en el cuenco de madera, y el agua resbaló sobre su cuero calvo.
Las perlas que caían por su cuello y sus brazos devolvieron chispas de las antorchas que quemaban la noche.
Oyó crepitar los tambores, al son de las fogatas, los cantos de los hechiceros, el rumor de su pueblo, congregado alrededor del fuego y las piedras que oficiaban de altar.
Dejó caer el sayo bardo y mugroso que lo cubría, desnudando su torso y espalda, mostrando el laberinto de su camino, dibujado a punta de látigo. Un pergamino en la piel, que marcaba el camino de su vida. Desde la Bahía de Benim, hasta la selva americana, pasando por Kingston, Tortuga, Cartagena. La chusma, al verlo, rugió enardecida.
Tensó los músculos, tomó la lanza y el escudo forrado en piel de onza. Levantó la mirada. En el centro del lugar una joven y bella mujer lo vió, sin mirarlo. Altiva y tan princesa como rey su padre, tan esclava y tan libre, enfrentaba al brujo de la tribu sin inmutarse.
Benkós llamó a su lugarteniente, y se aseguró que el español hubiera sido ajusticiado.
Sabía que había logrado huir gracias a su hija, perdida de amor por el príncipe blanco. No se lo reprochaba, pero no podía perdonarla. La princesa no abrió la boca, no emitió un solo sonido. No afirmó ni negó. Pero aceptó la ley de la tribu, Debía beber la pócima que el brujo le ofrecía. Si era culpable, moriría.
Benkós, el Rey del Palenque, el soberano de la Matuna, el Rey del quilombo, observó a su hija por última vez. Luego se volvió, y montó en su caballo, decido a reducir la ciudad a cenizas.
La pelota es el juguete perfecto.
Es obediente y confiable, si se la trata de manera sensible. Uno la tira para arriba, y baja. Si se la dirige hacia un objetivo, salvo error u omisión, lo alcanza. Es el juguete perfecto de los pibes. Puede ser de cualquier tamaño, precios y colores. Sirve para los juegos más sencillos y los deportes más populares. Con una juegan todos. No importa el color, la raza o la religión. La pelota es reina. La de trapo, la de medias, la plastibol o la “pulpo” que te dejaba los chutazos marcados. La de tiento, que no llegamos a usar. Hasta las codiciadas Pintier, o Tango de “los de primera”. Y las de ahora, que viajan como misiles. Las más sofisticadas: las aterciopeladas de tenis y la curiosa miniatura del golf, propias de mentes más perversas. Otras se han especializado, como las de básket o voley… Algunas han tenido que soportar tanto el peso del amor de sus adoradores, que se han ido deformando, como las de rugby.
Son, siempre, nuestro rato de alegría. No hay otro juguete tan amable, tan versátil, tan querible como la pelota. Es el primer regalo que recibe un varón y la compañera inseparable, hasta el día de su muerte. Está por verse si el Barba no nos tiene deparado un lugarcito para seguir jugando. Para Bioy, el paraíso era una cancha de tenis. Sueiro no se animó si decir si detrás de la luz blanca espera una gran pradera de gramilla verde, llena de Tangos lustrosas, listas para jugar.
La pelota es una amiga. Y logra su epifanía cuando se vuelve el centro, la generadora del milagro del encuentro entre los amigos. A su alrededor nos encontramos para jugar, aún adultos, como niños. Y en ese rato, seguimos siendo los chicos que nunca dejamos de ser. Esos chicos-grandes se encuentran una tarde cualquiera, y zas!: la amiga común obra el milagro, y el momento mágico se produce. Ese rato que queremos prolongar hasta el infinito. Y como no se puede, quedamos para la semana siguiente. A la misma hora. En el mismo lugar.
Así, hace 20 y pico de años, un grupo de pibes empezó a juntarse. Deambularon esa Buenos Aires querible y cambiante, hasta que un día, esos pies deseosos de diversión, los trajeron a la calle Fitz Roy. Desde entonces, cada jueves, como una misa pagana, celebran su rito alrededor de su amiga. Nadie sabe cuántos son. Ni quiénes. Se dice que entre ellos hay hombres de negocios, oscuros financistas, obreros, empleados, agentes de la Mossad, un par de abogados, gente de la noche, de la radio, hombres del arte y la arquitectura, cantores, poetas y matasanos de todo tipo.
Este es un lugar con historia propia. Sus paredes dan testimonio de ello. Aquí jugaron glorias de básket, como Roberto “el Negro” González, capitán de la mítica selección del ´50. Aquí hicieron sus primeros jueguitos Saviola y algunos otros…
Años de romance con el lugar germinaron en la idea de darle al Club Palermo el lugar que se merece. Un lugar donde departir al mejor estilo del Buenos Aires de todos los tiempos, un bar con vermú, aceitunas y papasfritas, y una comida casera, suculenta y porteña. Y alguna melodía. Para comer entre amigos. Los invitamos a compartir nuestra casa.
Voces en la puerta.


Es domingo.
Lo sé por la mañana, que se demora en el silencio, prolongando la modorra de la trasnochada.
La calle vacía de autos, las veredas quietas, alguna vecina, escoba en mano, que sacude las hojas de un otoño lerdo.
La vida camina lánguida los domingos, silente y calma. Sólo más tarde, las campanas dulces y antiguas, llaman a misa de nueve, o de once. Alguna madre presurosa, transita solitaria la vereda, de la panadería a la casa, con la bolsa de red en la mano, pan y queso rallado. Quizá alguna factura.
De a poco, perfumes de cebolla y tomate, anuncian tucos históricos. Mientras señoras grandes y de negro, y algunos niños se acercan a la parroquia para el monótono tedio del oficio dominical. No muchos. En estas tierras la fe es un asunto moderado. Ya mas al borde del mediodía, aparecen los 600, los 404, los Valliant, en busca de la reunión familiar y habrá ravioles, o fideos, amasados en casa y vino con chispeantes sifones, y charlas de padres e hijos y cuñados, y comentarios de la revolución que se vino, y de la que vendrá, y de lo mal que está todo y de dónde iremos a parar. A veces, se alza un poco la voz. A veces, algunas miradas callan y buscan el piso. Luego estará, claro, el domingo. El fútbol y el clásico. La cancha es un templo laico, los cánticos y los rumores llenan el aire ya desde el partido de reserva. Los colores, la fiesta, están siempre. Voces en calle, camino a las plateas y las tribunas. Voces coreando nombres, voces armando formaciones ideales, masticando apellidos. Las escaleras largas o cortas, el asiento de la derecha para el abuelo, más acá, el tío, el papá, los chicos. La Baja Belgrano es una sucursal de la mesa del domingo (al menos, era la nuestra). Allá, sobre la derecha, la popular se llena lenta.
Finaliza el preliminar, y el domingo se eleva en clamores, rítmicos, sonoros. Sólido, el rumor esencial se hace una masa completa que hace un tajo en las gradas, de lado a lado. Que se lleva la modorra de una siesta hace rato renunciada, y que levanta el alma, hacia otra parte, a lugares insospechados. Explota en algarabía, y cintas y papeles, cuando los jugadores salen al pasto, y el juego no alcanza para abstraer las gargantas, que siempre piden más, que siempre tienen a mano un canto, un grito, algún insulto. El partido no es gran cosa. Un empate de ésos, de tantos. Apenas Amadeo deleitándolos con sus picardías, para delirio de la platea de señoritas, que lo idolatran, como a un dios griego. Luego, como pasa a veces, cuando todo languidece, la muchedumbre que empieza a irse, los cánticos más apagados, las banderines a mitad de precio, los choripanes fríos. El estadio comienza a vaciarse, y las voces se van deshilachando. Detrás del arco de Alcorta, los visitantes bajan agolpados, presurosos. Las escaleras en sombras, las barandas imprecisas. Primero los reclamos, los empujones, luego las protestas, los gritos, los insultos, luego los gritos distintos, el miedo, el pánico subiendo las escaleras desde abajo, el gemido, el llanto, el sollozo, la tragedia. Una tragedia, setenta tragedias. El ulular de las sirenas, el repiqueteo de los cascos de la montada, los gritos otra vez, más sirenas. Los flashes de los fotógrafos. Después la voces de los diarios, las medias verdades de la política. Luego tu voz, los escritos, los testimonios, las pericias, las sentencias. Tu voz siempre. Aún sabiendo cómo la verdad sucumbe, tu voz siempre, firme. Y ya les has contado todo. Una vez más. Ya está bien entonces.
Escuchás? Llegaron los chicos. Te están llamando. Te esperan afuera, para jugar. Vamos, que es domingo.



Buenos Aires, diciembre de 2008.

lunes, noviembre 19, 2007



Tréboles tiernos.

Hay, o había, en ese paraíso que era la niñez,
tréboles tiernos, arrancados de un manotón
de la tierra húmeda, que deban en medio del jardín
un manchón negro, mitad barro, mitad nada.
Un rocío frío, de una mañana de julio cualquiera.
Despertarse era destronar la helada, ignorarla,
aplastarla a zapatazos, abrazando el hielo del día,
a mandíbulas llenas, a pulmón ardiente, a sudor forzado,
casi milagroso, entre el vapor que exhalábamos
como dragones sonrientes.
El desafío al músculo dormido, herido de orgullo.
La seguridad de poder sobreponerme.

Esas mañanas fueron un jirón de mi vida.
Y todavía hoy me siguen diciendo que
las estrellas se pueden tocar,
y que no hay medida para el deseo.
Que quebrar la quietud y la muerte,
la fatiga y el desengaño, es parte de la aventura.
La parte principal, y la primera.
La que como locomotora te lleva por la vida.

La vida es lo que uno recuerda de ella.



La vida es lo que uno recuerda de ella.

Pero también es lo que hemos vivido.
La memoria es selectiva, pero también variable. Hoy recordamos unas cosas, mañana otras. Es sorprendente cómo olvidamos diálogos, situaciones enteras ocurridas sólo minutos atrás, tan sólo porque no le damos la menor importancia a lo que se desprende de ellas. Y por otro lado, tardes completas, recorridos banales, y hasta perfumes certeros y secretos (un redondo aroma a vainilla), o imágenes casuales (la delicada tela de una camisa a cuadros celeste y blanca estallando contra el sol de una primavera lejana) se vuelven presentes aunque hayan ocurrido largos años atrás, si es que han impactado nuestra alma en la manera correcta. Nuestro mundo está signado por el interés que depositamos en esos momentos.
Es que la felicidad está hecha de momentos, de instantes más o menos duraderos. Y siempre recordaremos esos momentos felices.
Sobre todo porque la felicidad no es un lugar al que se llega, sino una manera de recorrer el camino que nos toca.
Y el dolor?
Ah, el dolor es, para mí, diferente. No se recuerdan tanto los momentos dolorosos, sino que hay ciertas faltas, ciertas ausencias que se instalan como nubarrones en algún lugar del alma, ese lugar que para el mundo exterior se refleja, generalmente, en la mirada.
En realidad es que el dolor no se recuerda. El dolor duele. Duele hoy, ahora. Es presente. No es pasado, aunque se remita a remotas experiencias o historias, y a veces, ni siquiera sepamos su auténtico origen. Simplemente está ahí, como una parte de nuestra personalidad. El dolor nos acompaña silente, como parte de nuestra sombra.
Somos nosotros, o a lo mejor esos otros momentos de gloria, de gozo, los que ponen nuestra sombra por delante o por detrás.
Es entonces que vivimos una sola vida, o todas aquellas que permiten nuestros recuerdos?
La memoria, mezclada con la imaginación, es un arma fantástica,. Herramientas que combinadas con algo de arte, permiten la creación de mundos completos y fantásticos.
Qué, eso no es la realidad? NO, claro que no.
Tampoco es la realidad que la vida sea lo que uno recuerda de ella. Es tú realidad. Así que tu vida será una para ti y otra diferente para quien desde fuera te vea.
Me pregunto si en algo habrá coincidencias. Presumo que en los casos en los cuales se verifiquen mayores coincidencias entre lo que uno siente y los demás perciben, serán los casos en que el común de la gente te perciba como una persona honesta, abierta, creíble. Visible.

Y en los demás casos, serás un castillo inexpugnable, un misterio.

Ahora veo y me pregunto, si la vida es lo que recuerdas, qué recuerdos habré dejado. Qué parte de esa vida soy. Porque lo que ocurrió lo sé. También sé lo que recuerdo.
Esa sensación transcurre como otro sendero del desencuentro.



La vida, lo vivido, lo atesorado, lo olvidado.
De todo eso estamos hechos.
Si pudiera elegir, y el don me fuera dado, me gustaría, como una esponja simpática, llevarme conmigo lo mejor de cada rato, lo mejor de cada encuentro.
Aunque quizás esa no sea una aspiración para esta vida, sino para la otra. Una manifestación del Paraíso.


Guardamos las memorias esperanzadoras, las promesas de estar mejor. Las voces quebradas, suenan como acordes de una canción de amor, las miradas enfurruñadas, como amaneceres, los besos volados, como lunas de noches marinas, los suspiros, como besos dados.

Es que nada pude hacer que mate esas cosas dentro de mí.

Estoy perdido, sin remedio.

Los Asesinos



Los asesinos.

Soy un agujero. Tengo un vacío en la panza, grande como un quasar.
Un trompo que no gira, pero que me horada las entrañas.
Nunca me creí perfecto, ni di por mi propia valía más de lo que ella importaba.
Y hoy sé que esa certeza es fundada. Nadie vale nada. Sólo valemos lo que la otra persona hace que valgamos en su propia vida, en su propia emoción.
Ni el estoicismo, ni el escepticismo o el aislamiento garantizan la libertad absoluta del individuo. La validación real, la afirmación de la propia existencia, se da en el otro. En el reconocimiento del otro.
Desconociendo o ignorando este detalle, uno podría conformarse o contentarse con permanecer ajeno, inerte, y expectante, desde una ética y una estética, más bien prescindente. Asi Pessoa, o, por momentos, Borges y tantos otros.
Y entonces, pregunto por qué y por dónde se forma este vacío, tan parecido a la soledad, esas ansias de completar nuestras vidas y nuestros sentimientos con emociones que nacen de nosotros mismos, pero que se alimentan del reconocimiento de los demás. De la amistad, de la devolución de gentilezas, del respeto..,
La ignorancia, el desdén y el olvido, se llevan las palmas como las armas nucleares contra la autoestima.
Nada parecemos sin el otro, sin su mirada, sin su llamado, sin su atención, sin su cariño, sin su odio.
Nada somos, cuando ni siquiera nos ignoran.
Y es que así, simplemente, no somos.
Nos aniquilan. No existimos. Nos matan, nos asesinan sin mover un solo músculo, sin pronunciar un grito, sin decir una palabra.
Y por eso andamos por ahí, desangelados, desiertos de él o ella. Agujereados sólidamente, consistentemente, como un dibujito animado, atravesado de lado a lado por un misil marca Acme, hecho de desapego, y olvido.
Nos decapitan, nos arrancan el corazón al dejarnos solos en el mundo.
Solos en la muchedumbre ruidosa. En medio de la multitud que clama por nosotros y nos tironea, arrancando gajos de nuestra voluntad, nuestro respeto, nuestros criterios.
Nos dejan solos, solos en medio de tantas cosas, de tantas obligaciones, de tanta gente.
Nos dejan solos, solos de ellos, solos de su perfume, de su presencia y de su voz.
Solos de sus suspiros.
Solos de sus ojos.

martes, julio 03, 2007

Manos.


Manos.
Manos en el subte.

Manos entrelazadas

N York
Abril de 2007
Manos agarrándose, manos apretándose, acariciándose, una a otras. Manos
Conteniendo, a veces acompañando, protegiendo
Manos guiando.
Manos entrelazadas, amarradas, anudadas, apoyadas.
Manos sobre manos, bajo manos. Mano a mano
Manos limpias, sucias de trabajo, pero limpias de mala intención.
Manos agradecidas, sonrientes.
Manos esperanzadas.
Pero, sobre todo, manos distintas, manos de uno y del otro, manos blancas sobre negras, manos marfiles y manos rojas, con guantes, algunas, callosas y rusticas las otras.
Manos gorditas, y manos elásticas, finas
Manos de pianistas abrazando obreros, manos de mucamas acariciando oficinistas,
Manos de edad, acompañando manos nuevas.
Y siempre los iguales, y los distintos, de la mano
Un arcoiris, una cascada de dedos y yemas y uñas, que se miman y acarician, que se rascan y se atan, que se raspan y vuelven a acariciarse y a estrecharse.

Y el gesto se repite una y otra vez, en la calle, en el parque, en los hoteles, en el restaurant, a la salida del teatro.
En el bar, en el café, y otra vez en el tren.
Y el gesto se potencia al ver a los protagonistas,
Combinaciones improbables de pieles, ojos y sueños.
Manos que en la locura de Nueva York hablan un idioma común, por encima y por debajo de la piel, de la edad y de la raza.
Manos que abrazadas, enlazadas, son nudos, redondos como mundos, como planetas enteros. Como vidas.
Vidas increíblemente unidas, caminos insólitamente cruzados y fundidos en uno.
Viajes individuales cuya única brújula fue el deseo, la búsqueda de un alma, viajes que se vuelven pares, y que no tienen color ni raza, solo tienen…. Sonrisa.
Eso…. Manos que sonríen.

Chacarera pa´ Daniel

Querido Dani:

Como lo dije en mi charla, es cierto que la belleza y la felicidad son cosa frecuente. Lo que yo he descubierto con los años, es que muchos de esos momentos tienen que ver con el contacto de las emociones, y la relación con las cosas que nos identifican y nos señalan como referencia en esta vida.
La tierra, la familia, la comida, la música, los amigos, son cosas tan simples y tan sencillas, como esenciales. Y cuando alguien regala esos bienes a otro amigo, es porque lo convirtió en parte de esas cosas. No creo que haya actitud más generosa.
Eso fue lo que sentí estos días, y no podía dejar de agradecértelo.

Será por eso que…

Cuando salí de Santiago
Todo el camino he cantado
Cante porque había sentido
un canto amigo a mi lado.



Claro que todo es mucho más intenso cuando se comparte con un grupo tan especial como mis queridos Luisianos. Amigos que te bancan hasta con sus silencios.


Compartiendo los caminos
Es como se entiende esta vida
Brindando con los amigos
Abrazando la alegría.


Así que de a poquito, a fuerza de pasteles y empanadas, de música y de sol, nos fuimos llenando de Santiago

Así lo viví compadre
Ud. diga lo que quiera
Pero fui feliz esa noche
Cantando una chacarera

Cuando me pasan estas cosas, mí única inquietud es tener la oportunidad de devolver tanta alegría.

Entonces…

Si alguna vez te pasa
Que andas solo en mi pago
Venite nomás por casa
Estarás como en Santiago!

Un beso enorme para todos, para vos, para Daniela, para tu encantadora Peluca, tus padres y Luciana, por tanta generosidad.

Y a mis Tigres….recordemos siempre que nosotros estamos para cosas grandes, ni a la izquierda ni a la derecha, ni siquiera al centro, sino ARRIBA Y ADELANTE!

Salú, y pesetas.

Ariel

Tréboles tiernos


Hay, o había, tréboles tiernos, arrancados de un manotón de la tierra húmeda, dejando en medio del jardín un manchón negro mitad barro y mitad nada.
Un rocío frío, de una mañana de julio cualquiera.
Despertarse era destronar la helada, ignorarla, aplastarla a zapatazos, abrazando el hielo del día, a mandíbulas llenas, a pulmón ardiente, a sudor forzado, casi milagroso, entre el vapor de dragón que exhalábamos.
El desafío al músculo dormido, herido de orgullo.
La seguridad de poder sobreponerme.
Esas mañanas fueron un jirón de mi vida.
Y todavía hoy me siguen diciendo que las estrellas se pueden tocar, y que no hay medida para el deseo.
Que quebrar la quietud y la muerte, la fatiga y el desengaño, es parte de la aventura.
La parte principal, y la primera.
La que como locomotora te lleva por la vida.

Hoy, hijo.


Hoy, que podemos, que la vida nos deja, caminemos juntos.
Aunque tus pasos, más ansiosos, a veces se angustien en mi (pretendida) serenidad.

Parece que te llevo y te traigo, y, en verdad, en cada tramo, crezco con vos, y mi pulso se acelera con el tuyo.
Cuánto de mí haya en vos, no lo sé.
Pero si alguno vez me interesó, si alguna vez verte era verme, verme mejor, verme niño, o joven otra vez, ya no es así. Eso ya pasó. Ya entendí.

Y hoy te veo a vos. Solo a vos mismo. Sí, es cierto, con algún aire, un halo.
Pero vos, entero, distinto y único. Creciendo, andando, tropezando, pero haciéndote.

Veo tus ganas y tu esfuerzo. Y te admiro.
Veo que cada día entendés mejor el valor de saberte capaz de intentarlo todo.
Que los únicos límites, los encontrarás dentro tuyo.
Que las únicas fronteras, son las que vos mismo pongas alrededor de tu corazón.

Porque no hay hombres, jugadores, equipos, materias u obstáculos invencibles.
Pero sí hay hombres indestructibles.

Y ésos son lo que con cada traspié, con cada desilusión, con cada desamor, con cada derrota, se vuelven a levantar, se lamen las heridas, se limpian la sangre reseca, se enjuagan las lágrimas (porque los indestructibles saben que llorar está permitido), y se vuelven a levantar, y vuelven a intentarlo.
Animados por una llama, un fuego sagrado que todo lo supera.

Cuida esa llama.
Aún cuando todo parezca apagarse.
Guárdala en un lugar secreto de tu corazón
Protégela, porque ésa es tu esperanza, ése es tu fuego.
Y sin ese fuego, hijo mío, la vida,
la vida no vale nada.

domingo, diciembre 31, 2006

A Jorge Poccard






A Jorge.

Hoy, tarde, como suele ocurrir con estas cosas, me enteré que mi padrino Jorge había fallecido
Me hubiera gustado saludarlo. Desearle buen viaje.
Un viaje que él siempre imaginó. Una travesía para la que se preparó toda la vida.
Jorge era mi padrino de confirmación, el sacramento que los católicos dedicamos a refirmar nuestra fe, protestada originalmente en nuestra representación por nuestros padrinos de bautismo.
No fue una elección al azar. Jorge era un verdadero custodio de las almas que se le confiaban, de las que se le aparecían en la vida.
Nunca dejaba de dar, aunque sea por un minuto, un pequeño testimonio de su fe, de la suya, que era la de los dos, y de su profunda devoción.
No compartí demasiado tiempo con él.
Teníamos círculos diferentes, mundos apartados, en la edad, en lo social, en lo geográfico. También, debo reconocer, en lo espiritual, sobrepasaba en mucho mi predisposición a tan superiores tareas.
Una especie de santo en vida, su vida terrenal fue dura. Esforzada. Llena de desencantos que é tomaba con una paciencia y naturalidad que sólo quien confía ciegamente en la Divina Providencia podía tener.
A pesar del poco tiempo que pudimos pasar juntos, me enseñó algo que nunca olvidaré:
Encontró una manera de rezar mejor.
Rezaba mucho, y por todos, pero encontró la manera de sublimar el rezo, en la poesía.
Delicadas y certeras estrofas, ardientes llamados y regalos a Dios, a la Virgen, y a los Santos.
Bien dice que quien reza cantando, reza dos veces. Pues en sus versos mi padrino llegaba al corazón de los más ineptos, de los mas desprevenidos, porque ése es el don de la poesía. Ser el camino hacia los corazones más delicados. El de los más sufridos. El de los solitarios y los olvidados. Los verdaderos pobres de espíritu.
Sin saberlo, o quien sabe, todo lo contrario, me enseño ése camino como uno que yo podía usar cuando me fuera necesario, a mi modo. Así lo hice, y fue una gloria.
Seguramente fue un caso de plegarias atendidas.
Que estas líneas sean entonces mi saludo. Un agradecimiento y un pedido. Para que desde donde estés, sigas intercediendo por nosotros.
Hasta vernos!


Ariel (h).

lunes, diciembre 25, 2006

Mi carta por la Paz.





Mi carta por la paz.

Tengo un dolor sordo
Una pesa en el pecho

Una sombra ominosa y densa que me hace compañía
Paseando colgada de mi alma, como una larga, silenciosa y pesada cadena.
Es una sensación vaga, pero conocida, de angustia y de repulsa
Que espesa el aire y lo vuelve venenoso

Anonadado me invaden las noticias, y nada da consuelo.

Así es la guerra.

Así es para mí, para quien vive aquí, y sabe que sus raíces llevan hundidas en este querido suelo más de cinco generaciones cuando un tal Agostino le escapó a la suerte
Y se vino de Verona en 1850.

Y esas raíces son la que me hacen crujir el alma cuando sé que en estos años
Abrazaron y fueron abrazadas por miles de manos y labios
Por Estheres y Fátimas, por Davides y Hassanes
Que llenaron de savia y de vida este suelo

Que alimentaron sus sueños inmigrante con blinis y con baclavas
Al tiempo que se hacían gauchos de rastra y chorizo.
Y compartían su pan y su vino.

Mierda, qué difícil es entender, y cuánto duele!

El caminante que soy ha hecho posta en esos santos sitios, llenándome de admiración y de emoción, pero sobre todo, ese mismo camino, allá y aquí,
me ha dejado reposar en algunas de esas almas,
y me ha permitido tocar alguno de esos corazones.

Nada me es tan ajeno como la indiferencia..
Esta tierra y esta historia, fueron y son la tierra prometida para muchos de ellos
También lo es para mí.
Aquí hemos construido una casa común.

No es un palacio, ni una gran mansión.
Se parece a lo que somos, un gran rancho de paja y adobe,
En el que algunas tejas están flojas, donde algunas ventanas no cierran
Y donde algunos caciques se hacen pasar por otarios para avivarse un poco.

Pero es la casa de todos.
En ella
El mate esta calentito
Y en la ronda, no hay distingo.

Quizás, desde acá podamos hacer algo.
Al menos, mostrar cómo es posible convivir en el amor,

Enseñar desde la piel de nuestros hijos, mitad canela, mitad leche cuajada,
Desde sus ojos, azules como el Mediterráneo
O moros como el desierto
En sus sangres mezcladas
En nuestro orgullo mestizo.

Que seguimos creyendo que no hay bien en la guerra
Y que la única razón
Es la esperanza.






Ariel G. Dasso
Buenos Aires , julio de 2006

La Pirámide

Fui en busca de un sueño
De un pendiente, de una ilusión.

Necesitaba ver ese lugar sagrado
Y ser parte de él.

De manera prosaica y
sin dejo de dulzura
Casi comercialmente me llevó el día

Me acerqué caminando despacio
Respirando profundo
Esperando sentir, hacerme parte.
Vibrar

Quería sostener una canción,
Un poema
Una rima que aún no había escrito, pero
Que le pertenecía a este lugar desde
Que tuve noción de su existencia

Ansiaba maravillarme
Y emocionarme

Caminé lentamente, hacia la pirámide mayor,
Resguardando mis fuerzas, soñando trepar los 91 escalones

Me presenté ante el monumento
Y una simple y tonta soga de cáñamo
Me anunció que no.
Que ya no se podía subir.
Que esas alturas me estaban vedadas.

De repente me invadió una sensación de profunda tristeza
Una frustración tremenda (exagerada, quizás)
Que me duró casi todo el resto de la visita.

Me enojé con el lugar, con el guía, con el calor brutal
Con el sol que me picaba
Con la sed
Con el agua mineral casi caliente que llevaba en la mano

Caminé hacia el Campo de pelota,
Probé el eco del lugar. Seguí caminando al observatorio
Que sí conquisté con mi torpe escalada.

Casi dos horas después, volvía estar frente a frente con la pirámide
Ya solos
Casi sin gente

Soné mis palmas otra vez, para escuchar
El eco del grito del quetzal

Me planté en el suelo, mirando el altar arriba, desde donde alguien
Parecía sonreír burlonamente
Mirando de soslayo hacia abajo
Como queriendo decir que ahora
Las cosas estaban finalmente en su lugar,

El arriba, donde pertenecía. En el mundo de mis sueños.
Y yo, abajo.
En el mundo real.


Chichen Itzá, 2007

Bailar en las calles



Bailar en las calles


El aire está tibio,
Como un suspiro querido

Ha llovido, pero el alivio
De la brisa fresca duró poco

La noche, todavía no tiene estrellas, pero las calles, lentamente
Se van poblando
De turistas y de lugareños
Hoy los cafés han sacado sus mesas a las calles
Y las plazas

Y Mérida está llena de música
Y de gente.

Pronto la salsa y el merengue
Ganan el aire

Y la gente comienza a bailar, en las calles
Los novios que pasean
Las gentes del lugar
También los turistas
Los que estén solos y
Los que están acompañados

Es casi un rito popular
Una manera de bailar por el goce de hacerlo

Con destreza o sin ella
Con las ganas de gozar el momento

Vi como varias personas que no se conocían
Se invitaban a bailar
Me preguntaba
Cómo es
bailar con un desconocido

Una persona que te toma de la mano
Y te lanza al espacio del ritmo
Y la melodía
Apenas cruzando de vez en cuando las miradas
Porque lo que importa es el baile

Cómo te lleva y te trae
De la alegría a la melancolía
Un poco lejos
Un poco cerca

Con cuidado
Y sin ofender

Y así, el desconocido
Ese que no tiene rostro
Ni cuerpo
Porque la densidad es de la melodía
Y la profundidad es la del ritmo

Tiene el rostro de todos los rostros, (o ése rostro)
Los brazos de todos los brazos, (o ésos brazos)
El aliento de quien más te guste
Tibio
Como el aire de la noche

Bailar en la calle
En tierra de nadie
O, mejor, en la de todos
Es soltar las amarras
Es dejarse llevar

Y por un momento
Imaginar
Que estas
En el lugar
Que querés estar.


Mérida, 2006.

domingo, agosto 06, 2006

Vocación de servicio






Vocación de servicio

Tenía yo por entonces 19 años. Y ése era mi primer trabajo. Un trabajo acomodado, dentro de la tradicional, invisible y vernácula red de lo que llamo la “corrupción blanca”, tan propia de la Argentina. Es decir, ese sutil tramado de relaciones familiares, sociales y políticas que permiten a nuestra sociedad de gozar cierto grado de privilegio en el acceso a ciertas “changas” o laburitos del menor nivel, amparados bajo los generosos presupuestos de los estados nacionales, provinciales o municipales.
Cuanto más abajo en el escalafón administrativo, más sencillo es. La red además, a pesar de que en nuestros días goza de muy mala prensa, tiene una cierta vocación democrática, porque si bien el puesto es asignado según la confianza que la familia de uno, que es la que de ordinario gestiona el “puestito”, tiene con el capanga de turno, no deja también de ser cierto que es un valor entendido que al primer golpe de “furca” político, ya sea en el nivel nacional, municipal o provincial, cuando el capanga queda fuera, automáticamente, uno está fuera. Y vendrán otros, tan poco preparados o tan inútiles o tan inexpertos como lo fuimos nosotros, a gozar de idéntico beneficio, por un tiempo similar. A esta altura de mi vida, ya no me animo decir a ciencia cierta si esta “tradición” es buena o mala. En principio parece bastante poco productiva, pero bien mirada, ya no sé qué prefiero, si pagarle el sueldo a un inútil, o tenerlo en la calle rompiéndome las pelotas cortando calles, pidiendo limosna o afanando.
La cuestión es que, transcurridos ya algunos añitos de la experiencia democrática nacional un padrino de la familia logró enquistarse en una de esas posiciones tan útiles para el progreso personal: una intervención, Y además, una intervención de segundo rango, en una sub-sub-subrepartición municipal de lo que todavía no era el ahora pomposo y afrancesado gobierno autónomo, sino la vieja y querida municipalidad porteña. Ese enorme e interminable elefante gris, que maltrataba todo lo que tenía, destruía todo lo que poseía. O simple y sencillamente dejaba pudrir todo lo que bajo su órbita, simplemente, vegetaba, sin siquiera notarlo.
La intervención tenía, entres sus complejas tareas, el control de una unidad presuntamente corrupta (y por ello merecedora de la tan justificada intervención), que administraba, entre otros bienes, más o menos abandonados de la ciudad, un parque de diversiones.
Algo que alguna vez se había presentado como una adelanto del futuro (nunca nada como lo que habríamos de ver y escuchar en la década siguiente, debo admitir, viajes a la Luna desde El Chamical incluidos), era ya por esos día un montón de peligrosa chatarra rodante y volante, un abigarrado esperpento de latas multicolores y chascos chirriantes, un inescrutable enjambre de aromas sospechosos, que no hubieran resistido un análisis bromatológico realizado a menos de 10 kilómetros de distancia. Pero eso lo podemos decir hoy. En aquellos días, y para nuestro modesto público local de aquella dorada era protodemocrática, era el sucedáneo del circo de los abuelos y los más parecido a Disney que verían en toda su vida. Y por un módico precio aseguraba diversión más o menos familiar por un buen rato. Las condiciones de salubridad y seguridad, eran valores del futuro y por lo tanto factores inexistentes de la ecuación.
En suma, a pesar de sus limitaciones, el sitio lograba concentrar, en particular los fines de semana, una pequeña multitud que hasta bien entrada la noche viajaba en fantasmales trenes, tiritaba en montañas rusas que lo más ruso que tenían era su índice de peligrosidad y su nivel de mantenimiento, ambos típicamente soviéticos,
Lo cierto es que en esos días, el parque manejaba una buena suma de dinero, no muy significativa en cuanto a cifra total, pero sí muy abultada, tratándose en todos los casos de billetes de baja denominación y monedas. Lo que damos en llamar “cambio chico”. Eso que falta cada día en la ciudad, el parque lo recolectaba a manos llenas los fines de semana.
Lógicamente el volumen de movimiento era realmente mayúsculo. Yo me desempañaba como ayudante del área contable. Si a eso podía llamársele contaduría o tesorería. Era la última oficina del fondo de un galpón desvencijado, donde debería haber tenido sus oficinas el director del parque, ya hacía algunos años desplazado por la intervención. Esta, por razones “operativas”, había preferido unas coquetas oficinas en la calle 25 de Mayo, con la excusa de que era necesario contar con acceso inmediato a las oficinas del intendente, ya que la intervención administraba muchos otros bienes de gran valor, y la relación de la intervención era directa con el intendente, sin intermediarios. Puras macanas. Lo cierto es que el interventor, por el parque no aportaba. Todo quedaba en manos de un sub-sub-gerente de área, que venía solo las noches de los viernes, sábados y domingos, es decir cuando había recaudación.
Como uds. habrán de suponer, semejante locación laboral tenía la particularidad de concentrar lo más granado de la flora y fauna de los empleados públicos de aquellos años.
El parque era lo más parecido que había visto en mi vida a un zoológico, sólo que los animales estaban del lado de afuera de las jaulas.
Siendo un lugar tan lejano, y con tan escasas posibilidades de “progreso” económico para los empleados, ya que sus tareas sólo podía ceñirse a hacer andar lo poco que quedaba, era considerado como una especia de “Gulag” municipal, donde iban a parar todos aquellos que no podían, sencillamente , hacer otra cosa. O sea lo más parecido a nada.
Empleados administrativos a punto de jubilarse, o con los trámites iniciados hacía ya algunas décadas, y cuyos papeles habíanse quedados atascados vaya a saber uno dónde, mecánicos desplazados por la modernidad de los novedosos vehículos japoneses, inadaptables a sus arcaicos conocimientos de mecánica rastrojeril, hacía lo que podían con esos trastos que si bien no eran demasiado viejos, suizos de origen, habían perdido toda esperanza de mantenimiento cuando, una vez más, el dólar se disparó, casi al mismo tiempo que desaparecieron los responsables de la firma concesionaria.
Así fue que conocí a los personajes más variados y característicos de estos sitios, algunos de ellos, casi caricaturas humanas.
Sandoval, por ejemplo, el encargado de la noche, era uno de ellos. De origen y edad inciertos, sus facciones añosas y arrugadas, y su piel mitad cuero y mitad cobre, parecía denotar una cierta ascendencia indígena, mapuche, o quechua, vaya uno a saber. Suponíamos que era de Santiago del Estero, por lo modos y la tonada, pero la verdad, nadie le entendía nunca demasiado bien lo poco que decía. Se encargaba de cerrar las puertas al final de la jornada, y dormía en el parque, en una casita de material y techo de chapa que se había hecho, al lago del galpón con las oficinas. Jamás lo vi sobrio.
Fernández, era el contador. Bah, creo que título no tenía. En realidad era un subcomisario retirado, que según parece había laburado en Intendencia de la Policía Federal, hasta que alguna situación medio dudosa lo destinó a la Siberia metropolitana. El y Elsa, su ayudante conformaban conmigo, que estaba un poco a disposición de ellos y de cualquier otro que necesitara una tarea más o menos administrativa, la sección Tesorería. Nuestra tarea? Cada viernes, sábado y domingo a la noche, contábamos la recaudación, cerrábamos las planillas de cada juego, y poníamos el dinero en sacas, que ni bien terminado el operativo, a eso de la 1 o 2 de la mañana, se depositaban en el tesoro del parque, situado en el subsuelo del galpón. Quedaba, (Dios me valga) custodiado por el celoso Sandoval, que prácticamente dormía sobre el dinero y al día siguiente lo retiraba el camión de caudales, para llevarlo a la sucursal que nos correspondía del Banco Nación, en Villa Lugano.
Ya por esos días atravesaba nuestro país una de sus recurrentes crisis económicas. La ciudad, había aprendido rápidamente una lección de economía muy simple, que luego el Estado argentino aplicaría reiteradamente. Cuando hay déficit de caja, uno debe cobrar todo lo que puede y pagar lo menos posible. En particular a los proveedores.
Así que ese mañana, viví en carne propia lo que significa un corte de servicio por falta de pago. Era un lunes. La recaudación del fin de semana había sido grande
Más de quince sacas repletas de billetes de dos y cinco pesos y monedas de todo calibre yacían apiladas en el suelo del galpón a la espera de la llegada del camión de caudales.
Ya había pasado la hora fijada, y Fernández se empezó a impacientar. Iba a llegar tarde a su cita habitual con una amiga del barrio. Pasada media hora larga, se comunica con la empresa, sólo para anoticiarse que el servicio había sido suspendido por falta de pago. Qué hacer? Fernández recurrió al teléfono más cercano. El del sub sub gerente, que obviamente jamás apareció.
Finalmente y luego de denodados esfuerzos, llamamos a la intervención. La orden fue inmediata. El personal de Tesorería debía trasladar inmediatamente las sacas al Banco de la Nación Argentina, sucursal Lugano, en el móvil que el Parque tiene a su disposición.

Temblé. El interventor ni conocía el parque. Al menos ese fue mi primer pensamiento. Estaba bien que las abultadas sacas no contuvieran una fortuna, pero lo que estaba bien en claro que para pasar del parque el Banco había que atravesar los monoblocs de V. Lugano, el auténtico y nunca bien ponderado “Fuerte Apache”. (Carlitos Tévez, por esas fechas sería un bebé de pecho, y yo, un humilde recomendado que buscaba un empleo ñoqui par apagar mis gastos,)
Miré a mi alrededor. Fernández colgó el tubo, lívido. Los ojos le brillaban. El tupido bigote, dibujó una sonsrisa torva, como de revancha.
“Sandovaaaaaaal!!!!!”, gritó.
Temí lo peor.
Me miró fijo, ansioso. “Qué espera, Sánchez? Traigame a Sandoval inmediatamente, y … decile que prepare la furgoneta” . El tipo estaba tan ansioso que en medio segundo empezó a tutearme, cosa que no había hecho desde mi incorporación, a pesar que yo era un pibe. Era un tipo bastante formal.
Salí del galpon en busca del Sandoval, que, medio entresueños, con los ojos enrojecidos de noche y alcohol, sudado como si hubiera corrido la maratón de Nueva York, venía hacia mi corriendo como un poseso.
“Mande, Jefe, Mande!” Gritaba desesperadamente en su loca carrera, mientras intentaba ajustarse el cinturón, seguramente sorprendido en medio de alguna obligación fisiológica de naturaleza personalísima. Pasó delante de mí como un exhalación, tambaleante pero decidido, dejando una estela espesa de tetrabrik cuya densidad sobrepasaba todo lo imaginable.
Intenté seguirlo, tomado una cierta distancia para evitar alcoholizarme por aspersión, tal era la intensidad de la baranda.

El la oficina Fernández daba órdenz como un mariscal de campo
“Estela, bajen al sótano y preparen las sacas, Sandoval, traé la furgonteta, Nene”, me dijo, “vos venís con nosotros!,Cerrá las planillas y vení rajando!!.”.
“Adónde?” pregunté, los ojos fuera de las órbitas, en una pregunta que anticié como retórica, ya que temía la respuesta
“A llevar la guita al Banco”, Es una orden directa del Intendente!!”
“Pero, si la camioneta hace seis meses que no anda, ni siquiera debe tener batería!Ni pensar en gasoil!” atiné a ensayar una réplica, que hiciera desistir del alocado viaje al contador, devenido repentinamente en transportador de caudales.
“No importa, la empujamos y arranca!!!” Comprendí en ese momento que Fernández había retomado su personalidad de subinspector retirado. En un rápido movimiento, puso su mando en la espalda, saco un 38 largo, brillante y bruñido, con cachas de madera, y se lo calzo en la barriga, apretado con el cinturón.
UN sudor frío recorrió mi espina. Comprendí que ya nada lo haría retroceder. Las cartas estaban echadas.
Sandoval trastabilló hacia el patio gritando,
-Ayudáme, nene! Vamo´ a sacar el movil”.-
El “móvil”, como pomposamente llamábamos administrativamente al único vehiculo que los fugitivos concesionarios habían dejado en el predio, era una viejísima F-100 con cabina, que todavía ostentaba los portentosos colores de la municipalidad, de la época Cacciatore, Naranja con franjas verdes. Su última puesta en marcha, nadie la recordaba.

Corrí hasta el portón del taller, en el que funcionaba el pañol de herramientas, donde además estaba guardada la furgoneta. Sandoval traía las llaves en la mano, en alto, como quien ostenta un trofeo de caza mayor. Sonreía con los tres dientes que tenía.
Subió al volante, luego de ensayar varias veces con las llaves. Eran solo dos, pero su noción de tiempo y distancia le impedía mayor precisión. Lo miré desesperado.
Entré, resignado. Desde el interior de la camioneta emergió un vaho agudo, ácido y penetrante, como de pis de gato, solamente que concentrado por un par de años de añejamiento. Sostuve el aliento, evitando las arcadas, mientras bajaba la ventanilla frenéticamente, esperando que la brisa primaveral de la mañana contribuyera a disminuir el efecto demoledor de la combinación de blends: el aroma telúricoetílico del Sandoval, y la marca indeleble y añeja que el micifuz había regalado a los tapizados de la furgoneta, la que, como descubriría minutos después, había sabido ser su cálida morada por largos meses.
Sandoval porfiaba con el encendido pero la batería tenía menos vida que el lado oscuro de la Luna.
-“Nene, bajáte y empujá!”, me dijo.
Lo miré, en un instante de duda. Cómo pretendía este cristiano que yo solo pudiera hacer andar semejante carcacho, y encima con el y sus 120 kilos subidos.
-Bájate, caraaaajo!!, se impacientó.
La visión de Fernández, corriendo desbocadamente hacia la camioneta, revólver al cinto, pelos al viento y ojos fuera de las órbitas, despejó cualquier intento de resistencia que hubiera intentado ensayar. El tipo a esta altura ya había mutado y cualquier rasgo asociado con un contador había sido reemplazado por un humanoide poseso con una misión de origen divino: entregar las sacas, tal como le fuera ordenado, aunque le fuera la vida en ello.
Me bajé, haciendole señas al renacido inspector en operaciones, para que me ayudara a empujar. Ni lo dudó.
Afortunadamente, la noble bestia mecánica no defraudó sus legendarios antecedentes, y al primer o segundo intento, tosió congestionada, pero arrancó, llenándonos de humo.
-“Felizmente Ford!”, me guiñó cómplice el bigote lustroso de Fernández, tan torcido que hasta parecía que sonreía.
Por el playón, surgió lenta y cansinamente una imagen espectral, que apenas llegué a distinguir entre el humo del escape. Apenas podía sostenerse en pie, pero avanzaba paso a paso, una saca en cada mano y dos colgadas del cuello. Parecía un Ekeko, Era Estela, a la cual el Fernández le había encargado que trajera la plata de la caja .
-Ayudála, boludo,- me gritó, -yo voy a buscar el resto… Sandoval… veniiiiíiiiii!!!!-
Salí disparado antes de que a Estela le agarrara un infarto de miocardio o zonas aledañas. Las sacas eran muy pesadas. Casi toda la guita estaba en billetes chicos y monedas.
Abrí los portones de atrás de la furgoneta y casi sin mirar tiré la primera saca adentro.
En un instante, quedé ciego y en un alarido. Algo caliente y peludo había salido eyectado del baúl de la camioneta y me había atacado directo a la cara. Era el gato, herido en su tranquilidad y su orgullo, al cual habíamos invadido su hogar, que salía a defender lo suyo. Es decir yo creía que era un gato. Me lo saqué de encima con un rápido movimiento del brazo. Tenía sangre en la cara. No era un gato, era una gata, y adentro de la camioneta estaban sus crías recíén nacidas. El hedor era insoportable. Estela miraba sin comprender.
-“Estás lastimado?”, preguntó,
-“No”, le contesté, “si me viá estar maquiiando para Jalouín!”, grité enojado.“Este gato de merda me arrancó la cara”.
La pobre mujer, solícita, corrió hasta la enfermería a buscar la caja de primeros (y últimos, en este caso, auxilios).
Mientras tanto Fernández y Sandoval, ambos jadeantes trajeron las sacas que faltaban.
-“Qué te pasó, pibe?”, me preguntó
-Nada, nada, le contesté mientras trataba de acomodar lo gatitos entres unos trapos edn una esquina del galpón. La camioneta estaba llena de gatos.
Enseguida, estela me paso alcohol por la cara y me puso algunas curitas donde todavía sangraba. Parecía un huerfanito de Vietnam.

Con las sacas ya acomodadas en el fondo, Fernández dio la orden:
- “Sandoval, vos manejás!. Sánchez, subí adelante!”. Fernández se sentó del lado de la ventanilla derecha.
Salimos del parque disparados.

Sandoval tenía tal esbornia que no le embocaba a la calle. Los primeros trescientos metros los transcurrimos golpeando los cordones de ambas veredas, hasta que el santiagueño mas o menos empezó a mejorar las coordenadas.
Las sacas se sacudían atrás golpeando las paredes de la furgoneta.
Fernández daba órdenes, como si conociera el camino, cosa que no era del todo cierra. Al menos, en cierta pare del recorrido, donde hubimos de atravesar la zona de monoblocs de Fuerte Apache.
Fernández, a falta de sirena y como si la camioneta naranja y blanca no fuera lo suficientemente conspicua, desenfundó, bajó la ventanilla y se acomodó con medio cuerpo afuera, con el caño apuntando al cielo, como quien se apresta a tiroteo cuerpo a cuerpo, o mejor dicho, auto a auto.
Creo que en ese preciso momento dejé de sangrar, por el simple hecho que la sangre se me congeló, del cagazo que tenía.

El espectáculo que ofrecíamos era patético.
Los tres, hombro con hombro en el único asiento delantero, haciendo “los muchachitos”.
A la izquierda y en el volante, Sandoval, con los ojos fuera de las órbitas, totalmente inyectados en sangre, resoplaba alcohol, y sudaba una gotas gordas y espesas que más que chivo parecía supermóvil hidrogenado, intentaba cumplir con las órdenes de Fernández que ladraba sin cesar:
- Izquierda! …Derecha! NOOOOO!!, derecho, dije!!!, Cuidado!”.
A mi derecha, el propio subinspector retirado, gozaba del momento como si estuviere en medio de un operativo de salvataje de rehenes, y tuviera con él las brigadas Halcón y Swat, todas juntas, y a su disposición.
Y yo, en el medio, la cara desfigurada por los arañazos de la gata, lleno de curitas, medio asfixiado por los aromas de Sandoval y los propios de la camioneta, tan mareado que no podía afirmar si íbamos o veníamos y pensando… “qué carajo hago acá……la guita no es mía, no es siquiera mucha, y me van a achurar en medio de Fuerte Apache al lado de un borracho descontrolado y un maniático violento, a los cuales, ni siquiera conozco!!!”.

No sé si ustedes habrán estado alguna vez por allí, pero ya por esos años la zona era un laberinto inextricable de calle, pasajes, pasadizos y callejones sin salidas. Era todavía temprano y poca gente había en la calle, pero la verdad que el espectáculo de una F-100 naranja y verde, lanzada en una desenfrenada carrera, a 80 km por hora, con tres tipos en el asiento de adelante, uno de los cuales blande un 38 plateado en su diestra, dando barquinazos de vereda a vereda, a las 11 de la mañana, es al menos una curiosidad. Incluso para Fuerte Apache.
En eso, Sandoval, que más que manejar iba parapetado tras el volante, no advierte la presencia de un baden, o un lomo de burro, no estoy muy seguro de qué corno era. Lo cierto es que la camioneta sale despedida hacia el infinito, sólo para aterrizar, varios metros más adelante. Fue un momento intenso, de esos que parecen en cámara lenta, donde me dije, “listo, ya está, hasta acá llegué. Nos matamos”. Y en esos instantes pasa como un flash por mi mente, pero en cámara lenta, muy lenta, ese aviso en el cual una F-100 era arrojada desde un Hércules en vuelo a pocos metros de la pista de aterrizaje, y la noble bestia aterrizaba sana y salva. Me dije, si es capaz de eso, también tiene que resistir, siempre y cuando, del otro lado del salto haya tierra firme….
Había.
La suspensión delantera, tal como en el mítico reclame, soportó a pie firme la caída, que provocó un gran estrépito. Las que no aguantaron fueron las puertas traseras que se abrieron de par en par, como una amante impaciente que sale a recibir a su amado, luego de una larga ausencia.
Las sacas volaron por el aire, desparramándose por la calle y las veredas. Sandoval, obnubilado, no tomó conciencia de nada, y siguió apretando el acelerador como si manejara un Fórmula 1.
-La Guiíta!!!,- bramó Fernández!- Pará loco, paraaaaá!!.,
Sandoval aterrizó sobre el pedal de freno, y los tres dimos con la cabeza en el parabrisas. La cultura del cinturón de seguridad era también una cosa del futuro.
-Bajen…. Bajen les digo!!!!, Y ayúdenme a recoger la plata!,- cacareó el cruzado mostacho.
Bajamos.
Sandoval resbaló al salir de la camioneta, y se golpeó la cabeza con el parante.
Yo seguí a Fernández, que, en vez de agarrar alguna de las sacas, echó rodilla en tierra y apuntando hacia el horizonte comenzó a girar, como si toda su humanidad fuera la torreta de un tanque, y su mano, el cañón.
-“Delén, apúrense!!!!, que yo los cubro!”.
Giraba sin cesar, apuntando alternativamente a los cuatro puntos cardinales .
Corriendo como un demente, comencé a levantar las sacas, mientras Sandoval se acercaba lentamente, pasándose la mano por la cara. No veía nada. Sangraba mucho.
Ante semejante escándalo, de a poco, la gente empezó a aglomerarse, a mirar con más detenimiento, y a acercarse al lugar de la escena.
La presencia de Fernández los amilanaba bastante, pero creo que nunca llegaron a comprender realmente lo que pasaba.
-“Dale Sandoval, apuráte!”- Grité, desesperado, Ya había metido en la camioneta cuatro sacas, pero faltaban tres más, que estaban justo en el camino imaginario de Sandoval hacia mi.
-“Agarrá ésas!!!”- le indiqué - “y traélas”.-
Sandoval empezó a correr, sin saber adonde iba. Completamente cegado por la sangre que manaba al mejor estilo boxístico de su arco superciliar derecho, en vez de agarrar alguna de las sacas, tropezó con la primera que se encontraba en su camino, y absolutamente sorprendido, cayó de bruces, contra el suelo, su panza sobre la saca, su cara contra el macadam.
Quedó inmóvil

-Sandoval!!!! Qué pasaaaaa!!!, -se desgañitaba Fernández.
Agarré las dos sacas que faltaban las metí en la camioneta y corrí hacia Sandoval. No respondía. Intenté moverlo para sacar la saca de abajo. Lo hice rodar a un costado. Estaba desvanecido, y tenía el tabique roto. Parecía Galíndez después de la pelea con el negro Richie Kates.

-“Hay que llevarlo al hospital”, dije…
-“De ninguna manera. Vamos al Banco, ya!” , respondió Fernández-
-“Pero, está inconsciente”, balbuceé. “Debe tener conmoción cerebral”.
-“Imposible”, gritó Fernández. “Cerebro nunca tuvo. Lo que tiene es un pedo para el campeonato.!!!”.


Cargué la última saca, y luego, con la ayuda del superpolo levantamos como pudimos a Sandoval y lo metimos en la parte de atrás, sobre las sacas, que le oficiaron de mullido colchón. Cerramos las puertas de un golpe, y Fernández me indicó que manejara.
-Pero, no traje el registro. – dije
-No importa, la multa la pago yo, dijo el subinspector retirado reasumido.
No tenía la menor idea de dónde estábamos. La gente me impedía el aso, y la camioneta además se había apagado.
Le di con la llave varias veces, pero no había caso.
Fernández, frenético apuntó a los transeúntes al voleo
- A ver! , vos, y vos, y vos! - escogíó tres muchachones, y apuntándoles les gritó, Empujen, carajo!
Lo miraron como quien ve llegar un extraterrestre, pero yo no sé si habrá sido habrá sido por la cultura de aquéllos años, más cercanos a los tiempo de la prepotencia y la violencia, o que simplemente la sorpresa y lo insólito del asuntó, lo descolocó, lo cierto es que dócil y sumisamente se encolumnaron detrás de la naranja mecánica, y empezaron a empujar. Arrancó de una. Apreté el acelerador como quien pisa una araña pollito y los dejamos atrás envueltos en el humo del escape, mientras la gente que estaba frente a la camioneta se tiraba a los costados para evitar que la pisáramos o que Fernández, fuera de sí, les descerrajara un cuetazo.

A todo esto, les recuerdo que seguíamos sin saber cómo ir, porque ni el demente que estaba a mi lado ni yo éramos de la zona, y el único mas o menos baqueano estaba en el compartimento de atrás, victima de una sobredosis de Termidor mezclada con exceso de adrenalina, sin contar con los golpes recibidos, el tabique roto, y magulladuras varias.
Decidí para a preguntar en la primera estación de servicio que vi.
-Qué hacés, demente? Me dice Fernández- No vas a parar!
-Si no tenemos idea dónde vamos, loco!, Le dije.
-No bajes! ES UNA ORDEN!- Sacó otra vez el revólver y mientras yo abría la puerta empezó a apuntarme. Yo ya tenía los gobelinos al plato. Y no me importaba nada. Quería terminar con el asunto e irme a casa de una vez. El estacionero se acercó para ver qué pasaba y mientras me indicaba el camino, ve, con asombro y desesperación que desde la camioneta un loco furioso nos apuntaba con una 38 que parecía de platino.
-No se preocupe.- Le dije, fingiendo indiferencia -Es un loquito. No tiene balas, pero se siente feliz jugando a los vaqueros. Ahora mismo lo devuelvo al asilo-.
Una vez reubicado en el mundo y segura ya de poder llegar al banco, me subí a la camioneta. Fernández no cesaba de apuntarme
- La próxima vez, te bajo- espetó
- - Cállese de una vez, y déjese de pavadas. Si no pregunto no llegamos al banco ni el año que viene.
Salí de la estación, tome por la avenida, y tan rápido como pude doblé, como me habían indicado, en el segundo semáforo. Allí, en la tercera esquina a la derecha, estaba el Banco.
Suspiré aliviado, pensando que de una vez por todas, iba a poner punto final a esa mañana de locura.
Me equivocaba.
-Llegamos! – chillo Fernández. - Estacioná pronto!, abrí atrás!, sacá el dinero!- escupía órdenes como una ametralladora, casi sin parpadear, las mejillas encendidas, la frente perlada de sudor.
Eso hice mientras Fernández se dirigía al Banco.
En esa época los bancos todavía mantenía sus vidrieras abiertas. Eran instituciones señeras, respetadas y queridas por la población como si fueran verdaderos aliados de su futuro. Solo después del corralito empezaron a aparecer las persianas blindadas, y las cortinas metálicas. Sin embargo, mientras yo porfiaba por mover a Sandoval, que inerte, yacía desplomado sobre las sacas, veo que Fernández comienza desesperarse aún más, frente a la puerta del banco.
-Abran!, abran, carajo!!.
Ya eran las 12 menos cuarto, el horario de banco estaba en pleno apogeo, aunque parecía como si el banco no tuviera actividad ninguna.
Con dificultad pude hacerme de dos o tres sacas, que acarree hacia la puerta, aún cerrada. Fernández golpeaba desesperadamente y porfiaba por abrir pero la puerta estaba indiscutible y fatalmente cerrada. Sin embargo, dentro del banco parecía haber una débil actividad, aunque no había publico.
Furioso, El ex poli saco nuevamente el revólver y con la culata empezó a dar golpes a los vidrios.
-Abran, carajo!!, qué pasa.??!!
Al cabo de un par de minutos, apareció, a paso cansino una empleada, de unos 60 años, con peinado alto, de peluqueria, mascando un chicle, y una lima de uñas entre las manos.
-Que pasa? Que quiere!, no ve que está cerrado!
-Cómo cerrado?,,- gritó el loco, Si son las doce, abran que tengo que dejar un dinero en deposito… orden del intendente!!!
-NO señor, el banco esta cerrado por medidas de fuerza tomadas por el personal. Hoy no se atiende.!
-NO me importa!— abra, o entro por la fuerza.-
La mujer se dio vuelta y le dijo, -Grosero!. Voy a buscar al delegado.!
Fernández seguía golpeando los vidrios y chillando groserías, a cual peor, Los transeúntes comenzaron nuevamente a arremolinarse, frente al dantesco espectáculo d e un loco furioso golpeando los vidrios con la culata de un revolver y gritando y gimiendo. Al rato, se apersonó en la puerta un individuo de unos 50, redondo como el gordo Porcel, pero mucho menos cómico.
- Compañero-, le dijo, -el banco está cerrado.-
-No puede estar cerrado. Estamos en pleno horario bancario , atiné a decir
-La Comisión en Enlace, La Mesa Coordinadora de Asambleas gremiales y la Comisión Interna de la sucursal, han decidido por unanimidad en el día de la fecha, que ante los insistentes reclamos de recomposición salarial, y mejoras en las condiciones de trabajo y la soberbia demostrada con la patronal, que ha desoído nuestros reclamos de incluir un descanso de 25 minutos a las 12 menos cuarto a fin de ingerir el sanguche de milanesa reglamentario según convenio colectivo firmado el 17 de octubre de 1954, y ante la intransigencia de las organizaciones populares y sindicales en aceptar estos avances indiscriminados sobre las históricas conquistas obreras conseguidas durante años de lucha, hemos decidido tomar pacíficamente las instalaciones y no brindar servicios al público, el cual, seguramente deberá comprender, movido por los hondos sentimientos de solidaridad social que animan al pueblo argentino. De paso, aprovechamos esta oportunidad para adherirnos mediante este acto a la lucha de nuestros compañeros en la selva de Nicaragua, enviamos nuestros saludos al Frente de Liberación Farabundo Martí, abogamos por un rápida sanción de Naciones Unidas para evitar el bloqueo a Cuba, refirmamos nuestra adhesión a la lucha de pueblo palestino, condenamos la política de derechos humanos de este gobierno radical y gorila, exigimos la Liberación de Nelson Mandela, y reclamamos la vuelta de Bilardo a la Selección.
Ese fue el principio del final. De un final, que, podría yo decir, a esta altura se me antoja como anunciado.
La cara de Férnández se descompuso. Su color pasó del blanco nival, al rojo furioso pasando por el verde manzana, para terminar en un púrpura amagentado.
Dio media vuelta, revólver en mano corrió hasta la camioneta, arrancó de un solo manotón a Sandoval, que por lo visto le molestaba para algo, y volvió con la cuarta de arrastre en la otra mano, blandiéndola como un caballero medieval contra los molinos de viento. Sin mediar palabra, se enfrentó con la vidriera que daba a la calle, y empezó a golpearla salvajemente , hasta que el vidrio estalló en millones de añicos, ante la mirada azorada del compañero gremialista, de la compañera empleada, de quien les habla, y de centenares de transeúntes que fueron testigos de algo insólito:
Un señor de bigote, con un revólver en una mano y un fierro en el otro, destrozaba las vidrieras de un banco, y en vez de sacar dinero de él, empezaba a tirarlo dentro. Porque ni bien rompió la vidriera, Fernández volvió picando a la camioneta y luego de darme un empujón, me quitó las sacas y comenzó a revolearlas hacia dentro del lobby del banco.
En una mano el revólver, amartillado, y con la otra revolaba el dinero a través de la vidriara rota. A los pocos segundos, como era de esperarse, saltó a chillar la alarma del banco, una de esas viajas campanillas, como las de las viejas escuelas, sólo que diez veces más grande, que empezó a atronar la mañana, ahogando un poco los gruñidos de Fernández que a esta altura había perdido el saco, tendía la camisa desgarrada y manchada de la sangre de Sandoval, que se le había pegado al sacarlo de la camioneta para agarrar el fierro. Era una imagen patética, algo así como el Increíble Hulk, devaluado, y de color rojo violáceo, en vez de verde.
A esto se le agregó, como para decorar el marco final, las sirenas de la policía, yo no se si alertadas por el personal del Banco, que no sabía cómo enfrentar la situación o si por los vecinos que ya hacía media hora veían circular por el barrio un vehículo descontrolado con tres pasajeros sospechosos andando a toda velocidad por los laberintos de Lugano 1 y 2, mientras uno de ellos amenazaba a la gente con un revólver en la mano.
En la segunda corrida en búsqueda de mas dinero, Al tratar de revolear la bolsa llena de monedas, Fernández perdió el equilibrio y cayo de bruces sobre la vereda, con tanta mala suerte, que el revolver, amartillado voló por los aires, golpeó contra el cordón y se disparo, dándole a la compañera cajera en un brazo.
Los gemidos se multiplicaron, al tiempo que los patrulleros (tres) aterrizaban chirriando gomas, con las balizas rojas (si, eran rojas todavía) encendidas.
Fernández todavía yacía en el suelo, atontado, cuando cuatro policías se lanzaron sobre él. Se levantó como un resorte, y salió disparado hacia dentro del banco, pero antes que pudiera saltar la vidriera rota, otro cana lo interceptó. Comenzaron a forcejear, mientras Fernández se desgañitaba pidiendo que lo soltaran, que tenía que entregar el dinero del intendente, que nadie lo iba a impedir, que tenía una misión que cumplir, que los iba a matar a todos, y no se cuantas cosas más.
Cinco.
Cinco policías fueron necesarios para sujetarlo, hasta que pudieron esposarlo, y tirarlo dentro de uno de los patrulleros.
El dinero fue incautado por la policía, y luego de algunos trámites entregado de nuevo a la Ciudad que lo depósito en el banco.
Sandoval y la cajera, fueron llevados de urgencia al hospital más cercano, donde se repusieron favorablemente de sus heridas.
El pobre Fernández fue arrestado y llevado a juicio donde fue acusado de malversación de fondos públicos, abuso de autoridad, mal desempeño de sus funciones, conducir en exceso de velocidad, inducir a la ebriedad a terceros, lesiones leves y graves, privación ilegítima de la libertad a un menor (en ese caso, yo) , destrucción de la propiedad privada, intento de robo inverso, portación ilegal de armas de fuego, intento de homicidio, cargos todos ellos que fueron retirados por la fiscalía, al no haber ninguna denuncia, y determinarse que el pobre Fernández había actuado en estado de emoción violenta, aún el día de juicio permanecía en estado de shock, sin hacer articulado palabra desde el día de su arresto, tres meses atrás.

Sin perjuicio de ello, cumplió un arresto domiciliario de seis meses, por violación del derecho de huelga, y falta de respeto a un delegado gremial.
Con eso no se jode.

Yo, por mi parte, fui ascendido, y el episodio que les relato fue el comienzo de una brillante carrera en la función pública que ha sido el motor y la razón de mi vida, en una inexorable decisión vital de entregar mi persona y mis habilidades al bienestar ciudadano. Así fui parte del los equipos de privatización de Grosso, trabaje en le secretaría de hacienda con De La Rúa, inspeccione los carritos de la costanera con Olivera, recuperando hectáreas de parque para el dominio publico, coordine las cooperativas de trabajo de las empresas recuperadas con Ibarra, y zafando de milagro del tema de los boliches, que me encantaba, pero me dejaba de cama, trabajo ahora con Telerman, identificando esquinas estratégicas para convertirlas en rincones de París.
Algunos, de vez en cuando me gritan: veleta, corrupto!, pero yo no les hago caso. Arriesgué mi vida por esto, y me lo merezco.
Otros me gritan: maricón! Pero yo, como mi jefe les contesto que no soy maricón, a lo sumo, afrancesado.

domingo, julio 02, 2006

La Gente no mira para arriba.


LA GENTE NO MIRA PARA ARRIBA

Escribir, obliga a recordar con precisión.
Y la verdad es que el episodio fue tan inusual que merece ser contado en detalle.

Esto es real, me ocurrió hace poco tiempo, pero para ser contado como corresponde debo hacer una pequeña introducción-
Hace un millar de años, siendo yo todavía alumno de la prestigiosa Escuela Argentina Modelo, cursando por aquellos púberes días el segundo año, apareció una bonita tarde de marzo, un señor de aspecto apacible, pelo cano, pero escaso y nariz prominente, pequeño, y delgadísimo.
Su primera aproximación al enjambre de insultantes adolescentes en celo, no pudo ser más asincrónico con su apariencia.
Buenos días, dijo.....Soy el Arquitecto Paricio!... dicho esto, con un rápido ademán cruzó los faldones de su saco uno sobre otro, cubriéndose el cuello como si fuera un monje benedictino apresado en matambre y vociferó, con los ojos encendidos como brasas....” De Qué color es mi corbata?!!!!!!
Fue tal el asombro del su juvenil público que logro mantenernos en un atónito silencio por varios minutos... lo que lo llevó a reiterar la inquisitoria, cada vez más persuasiva, cada vez más hiriente....
Empezamos a adivinar, tímidamente, sin tener la menor idea de qué carajo estaba pasando, salvo que en principio estábamos conociendo a nuestro nuevo profesor de dibujo, y el tipo parecía que estaba total y definitivamente fuera de sus cabales.

-azul... verde... rosa.... amarilla....naranja.... fuimos tirando........ para terminar no adivinando ninguno.
Finalmente el tipo se aplacó, y nos mostró orgullos una horrible corbata marrón, pero en definitiva, había logrado su punto.... nos había captado la atención y además nos demostró de una, cuán escaso es el poder de observación de la mayoría.
El tipo sabía de lo que hablaba, y nos enseñó que una buena manera de ejercitar ese poder de observación y de disfrutarlo era tratar de caminar por la calle con la mirada bien erguida, y en lo posible, mirar cada vez que pudiésemos hacia arriba. DE esa manera descubriríamos a demás una ciudad que nos era desconocida. La Buenos Aires de las fachadas históricas y sensacionales, la de las cúpulas exóticas, la de los hermosos techos de pizarra.
Y tenía razón. La gente en general se pierde de muchas de esas cosas, porque generalmente va ensimismada en sus cosas, mirando sus pies, o simplemente las baldosas de la vereda, cuando hay.

El viernes pasado, llegué a mi casa sobre las siete y media.

Es un horario medio temprano, para mi, porque generalmente no llego antes de las ocho.
Sabía que Iba a estar solo, sin embargo, me sorprendió llegar y encontrar todas las luces de la casa apagadas, ya que María y los chicos tenían un cumpleaños afuera, y no llegarías hasta más tarde y porque Mary la mucama debía estar en la casa.
Supuse que María la había mandado a algún lado, a comprar alguna cosa, pero luego deseché la idea, porque la bruja no le da a la maid ni cinco centavos para comprar papel higiénico.
Así que llegué a la conclusión, que la mina se las había tomado por las suyas, por ahí a hacer algún trámite, o qué se yo.
No me importó demasiado, así que me metí en la habitación con la idea de darme un baño.
No había llegado a sacarme siquiera la camisa cuando empecé a escuchar un insistente golpeteo, como si alguien se hubiera quedado encerrado en el ascensor o en algún placard, o en el baño.
Empecé a hacerme las ideas más inverosímiles, ya que recién había entrado en casa, tenía bien en claro no hacer cerrado con llave la puerta del ascensor, no obstante lo cual me acerque para comprobar que no era de allí de donde venían los golpes.
Entonces imaginé lo peor. Habíamos sido asaltados. Y la maid estaba encerrada en el baño principal, o no... seguro en que en el de servicio... o en el toilette, y por ahí los chorros estaban todavía en la casa, y mientras iba de un lado a otro, para comprobar que no había nadie ni en mi baño, ni en el de servicio ni en el toilette, me daba cuenta que la casa podía estar llena de delincuentes, facinerosos, secuestradores, violadores y otras yerbas, razón por lo cual comencé a transpirar furiosamente, al tiempo que intentaba determinar si faltaba algo de valor, lo que no lograba verificar en lo absoluto. Mientras ocurría a todo eso, el golpeteo, seguía incesante, lo que me ponía aún mas nervioso al borde de la exasperación porque me resultaba imposible determinar de dónde mierda venía el maldito repiqueteo.

Volví al living, que tenia todas la luces apagadas , y pensé, por primera vez, en el balcón, lugar el cual accidentalmente pudo haber quedado atrapada la chica, si la puerta se hubiera cerrado en un portazo, por ahí en un golpe de viento, pero yo sabía que no podia ser porque no había manera de que se trabar desde afuera.....pero no.

Y allí fue que la vi, al darme vuelta sobre mi izquierda, y observé la ventana lateral, que no tiene balcón sino tan solo un angosto macetero y una reja alta, de seguridad para que no se trepen los niños.
Una sombra ominosa, se deplegaba sobre la ventana a contraluz de las mortecina claridad del atardecer que se suele filtrar por el ventanal de la torre que da al oeste. Una gigantesca araña de cuatro patas cubría todo el primer paño de vidrio.
La sangre se me congeló al tiempo que se me paraban todos los pelos desde la nuca hasta el culo.
Me fui acercando cautelosamente, al tiempo que mis ojos se acostumbraban a la semipenumbra.
De a poco advertí que uno de los brazos de la gigantesca tarántula se cerraba en un diminuto puño que golpeaba la ventana frenéticamente. Me acerque un poco más, medi muerto de miedo, medio hipnotizado por la curiosidad.
Y allí estaba Mary, la mucama, parada del lado de afuera, sobre los escasos diez centímetros de ancho que tienen las macetas que albergan los nobles malvones porteños que Maria Eugenia cultiva no sin cierto desapego.
Medio encorvada, en cuclillas, golpeaba frenéticamente la ventada del lado de afuera en un escena que vista del living resultaba tan patética como hilarante

Apenas conteniendo la risa, mitad nerviosa mitad incrédula, abrí la ventana preguntándole qué catzo hacía del lado de afuera de la ventana del living, parada como un ladrón.
Me contestó que estaba limpiando los vidrios del lado de afuera, que ella siempre lo hacía así pero que para que no se le cierre la ventana ponía un trapo en el riel para contenerlo, pero por algún motivo, se olvidó de ponerlo y sin quererlo ella misma cerró la ventana, que se trabó desde adentro y ella se quedó parada afuera...
Mary, desde hace cuánto estas allí afuera, pregunté, ..... y me dijo que desde las cinco más o menos. Eran casi las ocho.
Estuvo allí parada tres horas, sin poder entrar, haciendo señas y gritando a ver si alguien la oía y la venia a rescatar, pero nada.
No sabe señor, me decía incrédula,.... yo dale gritar y gritar, y mover las manos.... pero sabe una cosa...... LA GENTE, NO MIRA PARA ARRIBA.

jueves, junio 29, 2006

Fragancia




FRAGANCIA

El es un buen tipo. Bah, en realidad no lo conozco tanto, pero entre los hombres (me refiero al “masculino”) existe ese nivel de conocimiento o relacionamiento, que no llega a ser amistad, pero que refiere una grata cordialidad, un humor compartido, cierta afinidad que no se profundiza por razones diversas.
Este es uno de esos casos.
Es, por lo demás, una relación típica de ciertos deportes, como el tenis, en el cual el relacionamiento individual, siempre termina modalizado por la competencia. Cuando uno juega a nivel social, volvés a llamar al mismo tipo para jugar, una, dos, infinidad de veces en tu vida. Así podes llegar a hacerte amigote, pero “amigo-amigo”, probablemente nunca.
A esto se le debería agregar que el club en el cual compartimos nuestros ratos, es un ámbito bastante peculiar, desprovisto de esa mística barrial que caracterizaba las tradicionales agrupaciones de principios de siglo, siendo más bien, en este caso, una especie de moderno gimnasio de lujo, repleto de modelitos fashion, señoras pasaditas de edad con retoques variados, en cuanto a cantidad, calidad y gusto y otras cosas por el estilo.
Lo que por otro lado, no está nada mal, según se mire.
Pues bien, el caso es que compartir con este muchacho un rato de tenis, sería de lo más agradable, salvo por un pequeñísimo detalle. El tipo no sólo juega muy bien, sino que es un auténtico caballero. No vas a tener con él ni una mínima discusión por una pelota dudosa o un fallo incierto. De ninguna manera. Ante todo, Fair play.
Esa actitud galante y extremadamente atildada, lo acompaña en todos los aspectos de su vida. Es particularmente prolijo en su apariencia, y en su vestir.
Se cuida mucho, y representa, menos edad de la que –presiento- tiene. Además , siempre esté acompañado. Muy bien acompañado.
Pues bien, jugar con el hombre no sería nada desagradable para mi, sino fuera por un ínfimo detalle, que uds. no se imaginarán, pero que en mi caso casi torna imposible ignorarlo.
Su perfume.
Existen ciertas fragancias que, por algún motivo que no llego a comprender, no puedo soportar, provocándome en forma casi inmediata, un tremendo dolor de cabeza y una fuerte incomodidad general.
No me pasa con los perfumes de mujer, pero sí con ciertos perfumes de hombre. Recuerdo haberle pedido encarecidamente a mi viejo, siendo yo todavía un adolescente, que dejara de usar Aramís, porque no podía soportarlo.
En este caso, este buen hombre usa algo parecido al clásico y ya demodé “Drakkar Noir”, y el efecto que produce en mí es fulminante, al punto de no poder obtener el grado de concentración necesario para jugar libremente.
Por largos meses callé la situación, por no tener cara para decírselo, y porque en definitiva, creía que era una exageración de mi parte.
Pero luego con sorpresa advertí, que no era el único, y que todo el club hablaba de lo mismo.
El extremo de la comidilla fue cuando, estando en el vestuario luego de ducharse, vi cuando se cambiaba, al abrir su armario, una ejercito de perfumes diversos.
Eligió uno, cuyo marca no pude identificar (creo que es una fragancia de Thierry Mugler), y prolijamente, científicamente, roció su cuerpo entero con el pérfido líquido, cuya aroma perforó de manera instantánea mis fosas nasales, produciendo un impacto fulminante e instantáneo en mi vórtex cerebral, noqueándome en forma fatal. El tipo se aplicó algo así como veinte toques de spray de la mortífera botellita, sin repetir y sin soplar, y yo casi sin respirar.
Allí comprendí la razón de la intensidad de la fragancia que emanaba del noble cuerpo del amigo.

A partir de allí es lógico entonces que su presencia se perciba, se preanuncie, en cada lugar del club que pase. Los pasillos, el gimnasio, el bar, el restaurant.
Todo lo abarca. Todo lo penetra. Todo lo inunda.

Sin embargo ayer pasó algo fuera de lo común. que me llamó a la reflexión.

Estaba yo saliendo de una de las canchas, cuando por detrás, ominosa, casi clandestinamente, me alcanza su perfume. Decidido a invitarlo a jugar de todas maneras, para ver si podía superar la valla psicofísica implantada por el ponzoñoso aroma, me doy vuelta para encararlo, cuando con asombro advierto que no era él.

Era ella.
Ella, que pasó frente a mi saludando amablemente, siguiendo de largo hacia su rutina en el gimnasio.
Era ella, dentro del perfume de él.

Fue entonces cuando una fuerte emoción me sacudió.
Porque ya sea por que ella usa el perfume de él, o porque la intensidad de su aroma se impregna en su piel tras la intimidad, lo cierto es que ella anda por la vida, vestida de él.
Luciendo su amor.
Ostentando su marca, diciéndole al mundo, que es suya.
que lo lleva en la piel.
de día y de noche
de fiesta, y en el gimnasio,.
Te dice, nos dice, soy suya, suya de él, de su intensidad, de su caballerosidad, de su pulcritud, de su aroma, de su amor.

Su perfume es su alma, es su corazón, es su piel, es él.
y yo soy suya
para que sepas.

Qué no daría uno, por un amor así.

martes, junio 27, 2006

Domingo de sol


DOMINGO DE SOL


Navego curioso por el asfalto
De un domingo inesperado
De una tersa mañana
Poblada de pasos perezosos.

Apenas entreveo, desde mi legañosa mirada
La vibrante intensidad del sol
Y la lenta población de las calles
Mientras me dejo llevar por la luz.

Despacio y sin querer
Llego al parque
Como al descuido
Y sin pensarlo
Entro en el Rosedal

Me sorprendo, como quien arriba
Por vez primera a una ciudad Luz
O a una verdad revelada

Veo, por tramos
Vidas nunca vistas
Vistas nunca vividas.
Camino por la grava
Gravemente
Con religioso respeto
Por un sagrado sitio
Que no me perteneciera

Y descubro
Que estoy descubriendo
Conquistando, amaneciendo
En un lugar que es ajeno
A pesar de haberlo rodeado cientos de veces.

Y conozco el puente con la pérgola
Bajo el cual tempranos amores
Ya se prometen
Y se rinden pruebas
(descubrí allí el amor?)

Y más abajo, las rosas nuevas
Rodeadas de insólitos y orientales visitantes
Que las veneran como si fueren estatuas griegas
Reservándose para siempre el momento
Digitalmente, como corresponde
(o será por este lado?)
Los caminos se entrelazan, laberínticos
Me llevan, lentamente ,
En un viaje a Sevilla, la galana
Que a Buenos Aires regala
Un patio andaluz

Donde una joven gloriosa
Ofrece a su bebe el regalo
Del verde , del sol
de la serenidad del parque
Y la generosidad de su pecho tibio

El le agradece desde su sonrisa que aún no habla
Pero que mañana será
Esa compulsiva y amorosa obsesión por
“la vieja”.

(me parece que es acá!).
Hay un lago
En realidad hay dos
Pero en el que está más acá, más cerca de la calle Casares
Los vi.

El, sentado sobre el banco de piedra sin respaldo
De frente al lago y al sol
Sus manos sobre las rodillas el torso desnudo
El vientre una enorme luna blanca
Parece un Buda criollo.

Su cráneo casi sin pelo
Su bigotito ralo
A lo Pedrito Quartucchi
Araña los ochenta, fácil
Su mirada chiquita de las ranuras negras de sus ojitos
Resistiendo la resolana

El termo reposa, como un centinela
En el suelo. Todo Lumilagro, de principio a fin,
esperando el descanso del mate
sobre la piedra del banco.

Pero ella....... ahhh, ella!
Grande, como calesita en funda
Rubia, gringa, casi seguro. Rotunda
Casi de su misma edad.
(sus arrugan son parejas)

Está de pie
Circula afanosamente en su derredor
Se inclina suavemente desde atrás
Y con infinito cuidado y ternura
Blande en su diestra una pequeña tijera.

Elige, cuidadosamente las flaquísima hebras de pelo
Que nacen en la nuca de él.
Y con extrema delicadeza y no sin pericia
va cortando milimétricamente los poquísimos pirinchos
que aún persisten,
orgullosos y negros, de tinte sencillo
que él en su infinita y eterna coquetería
aún se permite.

Lo mira desde atrás
Desde una vida, desde quién sabe cuando
Lo toca como a un cristal
Tan suave, tan delicada.

El se deja peinar, se deja cortar
No con paciencia,
Sino con la serenidad de lo eterno
(Este sí......éste es, seguro. Acá estaba!!!!!)
Con todo el sol del domingo
Para ellos solos.