jueves, enero 09, 2014

god

God. Escribí “God”, en la ventana. Así, en inglés. Cuelgo muchas cosas de la ventana. Debe ser una manera de querer que sepan como estoy. A veces cuelgo calzoncillos, otras cosas más sofisticadas, una carta, una bata de seda, un poema. Muchas veces he colgado cosas con ilusión y esmero, y eso no recibe ni una mirada. Cosas intrascendentes, se convierten escándalo. Nunca entenderé la ventana, o jamás entenderé a la gente. Esa tarde, en el vidrio empañado de una noche de helada, colgué “God”. Pude haber escrito “Dios” u “Oh, Dios!”. Pero no. Lo dije así, con el dedo, y en inglés, como quien suelta un suspiro, mitad alivio, mitad renuncia. Diosssss, con esa ese sibilante final, en español, se me hace claudicante, más “abajo”. La ventaja de los monosílabos sajones es que se hacen más carne en las emociones. Dije “God” y solté el aire, y la bronca. Y aflojé el cuello, dando por terminado el día, o la noche, ya no recuerdo. O no me importa. Dije “God” como quien se recuesta en el hombro de una mujer y se deja ir. Fue un acto reflejo, y no esperaba respuesta. Pero hubo. Casi instantánea, como los milagros que El puede. En inglés y en español. En el idioma que sepas, o el que quieras. Hay un idioma ligado a las emociones, que habita en mí. Y siento, quizá traicionando mi lengua, mas no a aquéllas, que no es lo mismo decir “te quiero”, que “ti voglio”. Entre una expresión y la otra, hay kilómetros de fuego y volcanes de distancia, recorridas a doscientos por hora en Ferraris furiosos, como labios apretados en combustión permanente, salpicados de vinos de terciopelo y soles de fábula. Se puede decir, “querida”, pero no es igual a decir “habibi”, como quien acaricia una mejilla tornasolada de aceitunas maduras, o saborea un baclava, dejando el almíbar en la punta de los dedos, para llevárselo a los labios en tres, cuatro o cinco besos. O pedir: “no te vayas, no me dejes”, no tiene nada que ver con mirar de frente, cara a cara, y rogar “ne me quittes pas”, jurando que te reducirás a la nada, que serás la sombra de su sombra, la sombra de su perro, la sombra de su mano. Pienso en Brel (y en una o dos personas más) y lo hago en francés.

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