domingo, agosto 06, 2006

Vocación de servicio






Vocación de servicio

Tenía yo por entonces 19 años. Y ése era mi primer trabajo. Un trabajo acomodado, dentro de la tradicional, invisible y vernácula red de lo que llamo la “corrupción blanca”, tan propia de la Argentina. Es decir, ese sutil tramado de relaciones familiares, sociales y políticas que permiten a nuestra sociedad de gozar cierto grado de privilegio en el acceso a ciertas “changas” o laburitos del menor nivel, amparados bajo los generosos presupuestos de los estados nacionales, provinciales o municipales.
Cuanto más abajo en el escalafón administrativo, más sencillo es. La red además, a pesar de que en nuestros días goza de muy mala prensa, tiene una cierta vocación democrática, porque si bien el puesto es asignado según la confianza que la familia de uno, que es la que de ordinario gestiona el “puestito”, tiene con el capanga de turno, no deja también de ser cierto que es un valor entendido que al primer golpe de “furca” político, ya sea en el nivel nacional, municipal o provincial, cuando el capanga queda fuera, automáticamente, uno está fuera. Y vendrán otros, tan poco preparados o tan inútiles o tan inexpertos como lo fuimos nosotros, a gozar de idéntico beneficio, por un tiempo similar. A esta altura de mi vida, ya no me animo decir a ciencia cierta si esta “tradición” es buena o mala. En principio parece bastante poco productiva, pero bien mirada, ya no sé qué prefiero, si pagarle el sueldo a un inútil, o tenerlo en la calle rompiéndome las pelotas cortando calles, pidiendo limosna o afanando.
La cuestión es que, transcurridos ya algunos añitos de la experiencia democrática nacional un padrino de la familia logró enquistarse en una de esas posiciones tan útiles para el progreso personal: una intervención, Y además, una intervención de segundo rango, en una sub-sub-subrepartición municipal de lo que todavía no era el ahora pomposo y afrancesado gobierno autónomo, sino la vieja y querida municipalidad porteña. Ese enorme e interminable elefante gris, que maltrataba todo lo que tenía, destruía todo lo que poseía. O simple y sencillamente dejaba pudrir todo lo que bajo su órbita, simplemente, vegetaba, sin siquiera notarlo.
La intervención tenía, entres sus complejas tareas, el control de una unidad presuntamente corrupta (y por ello merecedora de la tan justificada intervención), que administraba, entre otros bienes, más o menos abandonados de la ciudad, un parque de diversiones.
Algo que alguna vez se había presentado como una adelanto del futuro (nunca nada como lo que habríamos de ver y escuchar en la década siguiente, debo admitir, viajes a la Luna desde El Chamical incluidos), era ya por esos día un montón de peligrosa chatarra rodante y volante, un abigarrado esperpento de latas multicolores y chascos chirriantes, un inescrutable enjambre de aromas sospechosos, que no hubieran resistido un análisis bromatológico realizado a menos de 10 kilómetros de distancia. Pero eso lo podemos decir hoy. En aquellos días, y para nuestro modesto público local de aquella dorada era protodemocrática, era el sucedáneo del circo de los abuelos y los más parecido a Disney que verían en toda su vida. Y por un módico precio aseguraba diversión más o menos familiar por un buen rato. Las condiciones de salubridad y seguridad, eran valores del futuro y por lo tanto factores inexistentes de la ecuación.
En suma, a pesar de sus limitaciones, el sitio lograba concentrar, en particular los fines de semana, una pequeña multitud que hasta bien entrada la noche viajaba en fantasmales trenes, tiritaba en montañas rusas que lo más ruso que tenían era su índice de peligrosidad y su nivel de mantenimiento, ambos típicamente soviéticos,
Lo cierto es que en esos días, el parque manejaba una buena suma de dinero, no muy significativa en cuanto a cifra total, pero sí muy abultada, tratándose en todos los casos de billetes de baja denominación y monedas. Lo que damos en llamar “cambio chico”. Eso que falta cada día en la ciudad, el parque lo recolectaba a manos llenas los fines de semana.
Lógicamente el volumen de movimiento era realmente mayúsculo. Yo me desempañaba como ayudante del área contable. Si a eso podía llamársele contaduría o tesorería. Era la última oficina del fondo de un galpón desvencijado, donde debería haber tenido sus oficinas el director del parque, ya hacía algunos años desplazado por la intervención. Esta, por razones “operativas”, había preferido unas coquetas oficinas en la calle 25 de Mayo, con la excusa de que era necesario contar con acceso inmediato a las oficinas del intendente, ya que la intervención administraba muchos otros bienes de gran valor, y la relación de la intervención era directa con el intendente, sin intermediarios. Puras macanas. Lo cierto es que el interventor, por el parque no aportaba. Todo quedaba en manos de un sub-sub-gerente de área, que venía solo las noches de los viernes, sábados y domingos, es decir cuando había recaudación.
Como uds. habrán de suponer, semejante locación laboral tenía la particularidad de concentrar lo más granado de la flora y fauna de los empleados públicos de aquellos años.
El parque era lo más parecido que había visto en mi vida a un zoológico, sólo que los animales estaban del lado de afuera de las jaulas.
Siendo un lugar tan lejano, y con tan escasas posibilidades de “progreso” económico para los empleados, ya que sus tareas sólo podía ceñirse a hacer andar lo poco que quedaba, era considerado como una especia de “Gulag” municipal, donde iban a parar todos aquellos que no podían, sencillamente , hacer otra cosa. O sea lo más parecido a nada.
Empleados administrativos a punto de jubilarse, o con los trámites iniciados hacía ya algunas décadas, y cuyos papeles habíanse quedados atascados vaya a saber uno dónde, mecánicos desplazados por la modernidad de los novedosos vehículos japoneses, inadaptables a sus arcaicos conocimientos de mecánica rastrojeril, hacía lo que podían con esos trastos que si bien no eran demasiado viejos, suizos de origen, habían perdido toda esperanza de mantenimiento cuando, una vez más, el dólar se disparó, casi al mismo tiempo que desaparecieron los responsables de la firma concesionaria.
Así fue que conocí a los personajes más variados y característicos de estos sitios, algunos de ellos, casi caricaturas humanas.
Sandoval, por ejemplo, el encargado de la noche, era uno de ellos. De origen y edad inciertos, sus facciones añosas y arrugadas, y su piel mitad cuero y mitad cobre, parecía denotar una cierta ascendencia indígena, mapuche, o quechua, vaya uno a saber. Suponíamos que era de Santiago del Estero, por lo modos y la tonada, pero la verdad, nadie le entendía nunca demasiado bien lo poco que decía. Se encargaba de cerrar las puertas al final de la jornada, y dormía en el parque, en una casita de material y techo de chapa que se había hecho, al lago del galpón con las oficinas. Jamás lo vi sobrio.
Fernández, era el contador. Bah, creo que título no tenía. En realidad era un subcomisario retirado, que según parece había laburado en Intendencia de la Policía Federal, hasta que alguna situación medio dudosa lo destinó a la Siberia metropolitana. El y Elsa, su ayudante conformaban conmigo, que estaba un poco a disposición de ellos y de cualquier otro que necesitara una tarea más o menos administrativa, la sección Tesorería. Nuestra tarea? Cada viernes, sábado y domingo a la noche, contábamos la recaudación, cerrábamos las planillas de cada juego, y poníamos el dinero en sacas, que ni bien terminado el operativo, a eso de la 1 o 2 de la mañana, se depositaban en el tesoro del parque, situado en el subsuelo del galpón. Quedaba, (Dios me valga) custodiado por el celoso Sandoval, que prácticamente dormía sobre el dinero y al día siguiente lo retiraba el camión de caudales, para llevarlo a la sucursal que nos correspondía del Banco Nación, en Villa Lugano.
Ya por esos días atravesaba nuestro país una de sus recurrentes crisis económicas. La ciudad, había aprendido rápidamente una lección de economía muy simple, que luego el Estado argentino aplicaría reiteradamente. Cuando hay déficit de caja, uno debe cobrar todo lo que puede y pagar lo menos posible. En particular a los proveedores.
Así que ese mañana, viví en carne propia lo que significa un corte de servicio por falta de pago. Era un lunes. La recaudación del fin de semana había sido grande
Más de quince sacas repletas de billetes de dos y cinco pesos y monedas de todo calibre yacían apiladas en el suelo del galpón a la espera de la llegada del camión de caudales.
Ya había pasado la hora fijada, y Fernández se empezó a impacientar. Iba a llegar tarde a su cita habitual con una amiga del barrio. Pasada media hora larga, se comunica con la empresa, sólo para anoticiarse que el servicio había sido suspendido por falta de pago. Qué hacer? Fernández recurrió al teléfono más cercano. El del sub sub gerente, que obviamente jamás apareció.
Finalmente y luego de denodados esfuerzos, llamamos a la intervención. La orden fue inmediata. El personal de Tesorería debía trasladar inmediatamente las sacas al Banco de la Nación Argentina, sucursal Lugano, en el móvil que el Parque tiene a su disposición.

Temblé. El interventor ni conocía el parque. Al menos ese fue mi primer pensamiento. Estaba bien que las abultadas sacas no contuvieran una fortuna, pero lo que estaba bien en claro que para pasar del parque el Banco había que atravesar los monoblocs de V. Lugano, el auténtico y nunca bien ponderado “Fuerte Apache”. (Carlitos Tévez, por esas fechas sería un bebé de pecho, y yo, un humilde recomendado que buscaba un empleo ñoqui par apagar mis gastos,)
Miré a mi alrededor. Fernández colgó el tubo, lívido. Los ojos le brillaban. El tupido bigote, dibujó una sonsrisa torva, como de revancha.
“Sandovaaaaaaal!!!!!”, gritó.
Temí lo peor.
Me miró fijo, ansioso. “Qué espera, Sánchez? Traigame a Sandoval inmediatamente, y … decile que prepare la furgoneta” . El tipo estaba tan ansioso que en medio segundo empezó a tutearme, cosa que no había hecho desde mi incorporación, a pesar que yo era un pibe. Era un tipo bastante formal.
Salí del galpon en busca del Sandoval, que, medio entresueños, con los ojos enrojecidos de noche y alcohol, sudado como si hubiera corrido la maratón de Nueva York, venía hacia mi corriendo como un poseso.
“Mande, Jefe, Mande!” Gritaba desesperadamente en su loca carrera, mientras intentaba ajustarse el cinturón, seguramente sorprendido en medio de alguna obligación fisiológica de naturaleza personalísima. Pasó delante de mí como un exhalación, tambaleante pero decidido, dejando una estela espesa de tetrabrik cuya densidad sobrepasaba todo lo imaginable.
Intenté seguirlo, tomado una cierta distancia para evitar alcoholizarme por aspersión, tal era la intensidad de la baranda.

El la oficina Fernández daba órdenz como un mariscal de campo
“Estela, bajen al sótano y preparen las sacas, Sandoval, traé la furgonteta, Nene”, me dijo, “vos venís con nosotros!,Cerrá las planillas y vení rajando!!.”.
“Adónde?” pregunté, los ojos fuera de las órbitas, en una pregunta que anticié como retórica, ya que temía la respuesta
“A llevar la guita al Banco”, Es una orden directa del Intendente!!”
“Pero, si la camioneta hace seis meses que no anda, ni siquiera debe tener batería!Ni pensar en gasoil!” atiné a ensayar una réplica, que hiciera desistir del alocado viaje al contador, devenido repentinamente en transportador de caudales.
“No importa, la empujamos y arranca!!!” Comprendí en ese momento que Fernández había retomado su personalidad de subinspector retirado. En un rápido movimiento, puso su mando en la espalda, saco un 38 largo, brillante y bruñido, con cachas de madera, y se lo calzo en la barriga, apretado con el cinturón.
UN sudor frío recorrió mi espina. Comprendí que ya nada lo haría retroceder. Las cartas estaban echadas.
Sandoval trastabilló hacia el patio gritando,
-Ayudáme, nene! Vamo´ a sacar el movil”.-
El “móvil”, como pomposamente llamábamos administrativamente al único vehiculo que los fugitivos concesionarios habían dejado en el predio, era una viejísima F-100 con cabina, que todavía ostentaba los portentosos colores de la municipalidad, de la época Cacciatore, Naranja con franjas verdes. Su última puesta en marcha, nadie la recordaba.

Corrí hasta el portón del taller, en el que funcionaba el pañol de herramientas, donde además estaba guardada la furgoneta. Sandoval traía las llaves en la mano, en alto, como quien ostenta un trofeo de caza mayor. Sonreía con los tres dientes que tenía.
Subió al volante, luego de ensayar varias veces con las llaves. Eran solo dos, pero su noción de tiempo y distancia le impedía mayor precisión. Lo miré desesperado.
Entré, resignado. Desde el interior de la camioneta emergió un vaho agudo, ácido y penetrante, como de pis de gato, solamente que concentrado por un par de años de añejamiento. Sostuve el aliento, evitando las arcadas, mientras bajaba la ventanilla frenéticamente, esperando que la brisa primaveral de la mañana contribuyera a disminuir el efecto demoledor de la combinación de blends: el aroma telúricoetílico del Sandoval, y la marca indeleble y añeja que el micifuz había regalado a los tapizados de la furgoneta, la que, como descubriría minutos después, había sabido ser su cálida morada por largos meses.
Sandoval porfiaba con el encendido pero la batería tenía menos vida que el lado oscuro de la Luna.
-“Nene, bajáte y empujá!”, me dijo.
Lo miré, en un instante de duda. Cómo pretendía este cristiano que yo solo pudiera hacer andar semejante carcacho, y encima con el y sus 120 kilos subidos.
-Bájate, caraaaajo!!, se impacientó.
La visión de Fernández, corriendo desbocadamente hacia la camioneta, revólver al cinto, pelos al viento y ojos fuera de las órbitas, despejó cualquier intento de resistencia que hubiera intentado ensayar. El tipo a esta altura ya había mutado y cualquier rasgo asociado con un contador había sido reemplazado por un humanoide poseso con una misión de origen divino: entregar las sacas, tal como le fuera ordenado, aunque le fuera la vida en ello.
Me bajé, haciendole señas al renacido inspector en operaciones, para que me ayudara a empujar. Ni lo dudó.
Afortunadamente, la noble bestia mecánica no defraudó sus legendarios antecedentes, y al primer o segundo intento, tosió congestionada, pero arrancó, llenándonos de humo.
-“Felizmente Ford!”, me guiñó cómplice el bigote lustroso de Fernández, tan torcido que hasta parecía que sonreía.
Por el playón, surgió lenta y cansinamente una imagen espectral, que apenas llegué a distinguir entre el humo del escape. Apenas podía sostenerse en pie, pero avanzaba paso a paso, una saca en cada mano y dos colgadas del cuello. Parecía un Ekeko, Era Estela, a la cual el Fernández le había encargado que trajera la plata de la caja .
-Ayudála, boludo,- me gritó, -yo voy a buscar el resto… Sandoval… veniiiiíiiiii!!!!-
Salí disparado antes de que a Estela le agarrara un infarto de miocardio o zonas aledañas. Las sacas eran muy pesadas. Casi toda la guita estaba en billetes chicos y monedas.
Abrí los portones de atrás de la furgoneta y casi sin mirar tiré la primera saca adentro.
En un instante, quedé ciego y en un alarido. Algo caliente y peludo había salido eyectado del baúl de la camioneta y me había atacado directo a la cara. Era el gato, herido en su tranquilidad y su orgullo, al cual habíamos invadido su hogar, que salía a defender lo suyo. Es decir yo creía que era un gato. Me lo saqué de encima con un rápido movimiento del brazo. Tenía sangre en la cara. No era un gato, era una gata, y adentro de la camioneta estaban sus crías recíén nacidas. El hedor era insoportable. Estela miraba sin comprender.
-“Estás lastimado?”, preguntó,
-“No”, le contesté, “si me viá estar maquiiando para Jalouín!”, grité enojado.“Este gato de merda me arrancó la cara”.
La pobre mujer, solícita, corrió hasta la enfermería a buscar la caja de primeros (y últimos, en este caso, auxilios).
Mientras tanto Fernández y Sandoval, ambos jadeantes trajeron las sacas que faltaban.
-“Qué te pasó, pibe?”, me preguntó
-Nada, nada, le contesté mientras trataba de acomodar lo gatitos entres unos trapos edn una esquina del galpón. La camioneta estaba llena de gatos.
Enseguida, estela me paso alcohol por la cara y me puso algunas curitas donde todavía sangraba. Parecía un huerfanito de Vietnam.

Con las sacas ya acomodadas en el fondo, Fernández dio la orden:
- “Sandoval, vos manejás!. Sánchez, subí adelante!”. Fernández se sentó del lado de la ventanilla derecha.
Salimos del parque disparados.

Sandoval tenía tal esbornia que no le embocaba a la calle. Los primeros trescientos metros los transcurrimos golpeando los cordones de ambas veredas, hasta que el santiagueño mas o menos empezó a mejorar las coordenadas.
Las sacas se sacudían atrás golpeando las paredes de la furgoneta.
Fernández daba órdenes, como si conociera el camino, cosa que no era del todo cierra. Al menos, en cierta pare del recorrido, donde hubimos de atravesar la zona de monoblocs de Fuerte Apache.
Fernández, a falta de sirena y como si la camioneta naranja y blanca no fuera lo suficientemente conspicua, desenfundó, bajó la ventanilla y se acomodó con medio cuerpo afuera, con el caño apuntando al cielo, como quien se apresta a tiroteo cuerpo a cuerpo, o mejor dicho, auto a auto.
Creo que en ese preciso momento dejé de sangrar, por el simple hecho que la sangre se me congeló, del cagazo que tenía.

El espectáculo que ofrecíamos era patético.
Los tres, hombro con hombro en el único asiento delantero, haciendo “los muchachitos”.
A la izquierda y en el volante, Sandoval, con los ojos fuera de las órbitas, totalmente inyectados en sangre, resoplaba alcohol, y sudaba una gotas gordas y espesas que más que chivo parecía supermóvil hidrogenado, intentaba cumplir con las órdenes de Fernández que ladraba sin cesar:
- Izquierda! …Derecha! NOOOOO!!, derecho, dije!!!, Cuidado!”.
A mi derecha, el propio subinspector retirado, gozaba del momento como si estuviere en medio de un operativo de salvataje de rehenes, y tuviera con él las brigadas Halcón y Swat, todas juntas, y a su disposición.
Y yo, en el medio, la cara desfigurada por los arañazos de la gata, lleno de curitas, medio asfixiado por los aromas de Sandoval y los propios de la camioneta, tan mareado que no podía afirmar si íbamos o veníamos y pensando… “qué carajo hago acá……la guita no es mía, no es siquiera mucha, y me van a achurar en medio de Fuerte Apache al lado de un borracho descontrolado y un maniático violento, a los cuales, ni siquiera conozco!!!”.

No sé si ustedes habrán estado alguna vez por allí, pero ya por esos años la zona era un laberinto inextricable de calle, pasajes, pasadizos y callejones sin salidas. Era todavía temprano y poca gente había en la calle, pero la verdad que el espectáculo de una F-100 naranja y verde, lanzada en una desenfrenada carrera, a 80 km por hora, con tres tipos en el asiento de adelante, uno de los cuales blande un 38 plateado en su diestra, dando barquinazos de vereda a vereda, a las 11 de la mañana, es al menos una curiosidad. Incluso para Fuerte Apache.
En eso, Sandoval, que más que manejar iba parapetado tras el volante, no advierte la presencia de un baden, o un lomo de burro, no estoy muy seguro de qué corno era. Lo cierto es que la camioneta sale despedida hacia el infinito, sólo para aterrizar, varios metros más adelante. Fue un momento intenso, de esos que parecen en cámara lenta, donde me dije, “listo, ya está, hasta acá llegué. Nos matamos”. Y en esos instantes pasa como un flash por mi mente, pero en cámara lenta, muy lenta, ese aviso en el cual una F-100 era arrojada desde un Hércules en vuelo a pocos metros de la pista de aterrizaje, y la noble bestia aterrizaba sana y salva. Me dije, si es capaz de eso, también tiene que resistir, siempre y cuando, del otro lado del salto haya tierra firme….
Había.
La suspensión delantera, tal como en el mítico reclame, soportó a pie firme la caída, que provocó un gran estrépito. Las que no aguantaron fueron las puertas traseras que se abrieron de par en par, como una amante impaciente que sale a recibir a su amado, luego de una larga ausencia.
Las sacas volaron por el aire, desparramándose por la calle y las veredas. Sandoval, obnubilado, no tomó conciencia de nada, y siguió apretando el acelerador como si manejara un Fórmula 1.
-La Guiíta!!!,- bramó Fernández!- Pará loco, paraaaaá!!.,
Sandoval aterrizó sobre el pedal de freno, y los tres dimos con la cabeza en el parabrisas. La cultura del cinturón de seguridad era también una cosa del futuro.
-Bajen…. Bajen les digo!!!!, Y ayúdenme a recoger la plata!,- cacareó el cruzado mostacho.
Bajamos.
Sandoval resbaló al salir de la camioneta, y se golpeó la cabeza con el parante.
Yo seguí a Fernández, que, en vez de agarrar alguna de las sacas, echó rodilla en tierra y apuntando hacia el horizonte comenzó a girar, como si toda su humanidad fuera la torreta de un tanque, y su mano, el cañón.
-“Delén, apúrense!!!!, que yo los cubro!”.
Giraba sin cesar, apuntando alternativamente a los cuatro puntos cardinales .
Corriendo como un demente, comencé a levantar las sacas, mientras Sandoval se acercaba lentamente, pasándose la mano por la cara. No veía nada. Sangraba mucho.
Ante semejante escándalo, de a poco, la gente empezó a aglomerarse, a mirar con más detenimiento, y a acercarse al lugar de la escena.
La presencia de Fernández los amilanaba bastante, pero creo que nunca llegaron a comprender realmente lo que pasaba.
-“Dale Sandoval, apuráte!”- Grité, desesperado, Ya había metido en la camioneta cuatro sacas, pero faltaban tres más, que estaban justo en el camino imaginario de Sandoval hacia mi.
-“Agarrá ésas!!!”- le indiqué - “y traélas”.-
Sandoval empezó a correr, sin saber adonde iba. Completamente cegado por la sangre que manaba al mejor estilo boxístico de su arco superciliar derecho, en vez de agarrar alguna de las sacas, tropezó con la primera que se encontraba en su camino, y absolutamente sorprendido, cayó de bruces, contra el suelo, su panza sobre la saca, su cara contra el macadam.
Quedó inmóvil

-Sandoval!!!! Qué pasaaaaa!!!, -se desgañitaba Fernández.
Agarré las dos sacas que faltaban las metí en la camioneta y corrí hacia Sandoval. No respondía. Intenté moverlo para sacar la saca de abajo. Lo hice rodar a un costado. Estaba desvanecido, y tenía el tabique roto. Parecía Galíndez después de la pelea con el negro Richie Kates.

-“Hay que llevarlo al hospital”, dije…
-“De ninguna manera. Vamos al Banco, ya!” , respondió Fernández-
-“Pero, está inconsciente”, balbuceé. “Debe tener conmoción cerebral”.
-“Imposible”, gritó Fernández. “Cerebro nunca tuvo. Lo que tiene es un pedo para el campeonato.!!!”.


Cargué la última saca, y luego, con la ayuda del superpolo levantamos como pudimos a Sandoval y lo metimos en la parte de atrás, sobre las sacas, que le oficiaron de mullido colchón. Cerramos las puertas de un golpe, y Fernández me indicó que manejara.
-Pero, no traje el registro. – dije
-No importa, la multa la pago yo, dijo el subinspector retirado reasumido.
No tenía la menor idea de dónde estábamos. La gente me impedía el aso, y la camioneta además se había apagado.
Le di con la llave varias veces, pero no había caso.
Fernández, frenético apuntó a los transeúntes al voleo
- A ver! , vos, y vos, y vos! - escogíó tres muchachones, y apuntándoles les gritó, Empujen, carajo!
Lo miraron como quien ve llegar un extraterrestre, pero yo no sé si habrá sido habrá sido por la cultura de aquéllos años, más cercanos a los tiempo de la prepotencia y la violencia, o que simplemente la sorpresa y lo insólito del asuntó, lo descolocó, lo cierto es que dócil y sumisamente se encolumnaron detrás de la naranja mecánica, y empezaron a empujar. Arrancó de una. Apreté el acelerador como quien pisa una araña pollito y los dejamos atrás envueltos en el humo del escape, mientras la gente que estaba frente a la camioneta se tiraba a los costados para evitar que la pisáramos o que Fernández, fuera de sí, les descerrajara un cuetazo.

A todo esto, les recuerdo que seguíamos sin saber cómo ir, porque ni el demente que estaba a mi lado ni yo éramos de la zona, y el único mas o menos baqueano estaba en el compartimento de atrás, victima de una sobredosis de Termidor mezclada con exceso de adrenalina, sin contar con los golpes recibidos, el tabique roto, y magulladuras varias.
Decidí para a preguntar en la primera estación de servicio que vi.
-Qué hacés, demente? Me dice Fernández- No vas a parar!
-Si no tenemos idea dónde vamos, loco!, Le dije.
-No bajes! ES UNA ORDEN!- Sacó otra vez el revólver y mientras yo abría la puerta empezó a apuntarme. Yo ya tenía los gobelinos al plato. Y no me importaba nada. Quería terminar con el asunto e irme a casa de una vez. El estacionero se acercó para ver qué pasaba y mientras me indicaba el camino, ve, con asombro y desesperación que desde la camioneta un loco furioso nos apuntaba con una 38 que parecía de platino.
-No se preocupe.- Le dije, fingiendo indiferencia -Es un loquito. No tiene balas, pero se siente feliz jugando a los vaqueros. Ahora mismo lo devuelvo al asilo-.
Una vez reubicado en el mundo y segura ya de poder llegar al banco, me subí a la camioneta. Fernández no cesaba de apuntarme
- La próxima vez, te bajo- espetó
- - Cállese de una vez, y déjese de pavadas. Si no pregunto no llegamos al banco ni el año que viene.
Salí de la estación, tome por la avenida, y tan rápido como pude doblé, como me habían indicado, en el segundo semáforo. Allí, en la tercera esquina a la derecha, estaba el Banco.
Suspiré aliviado, pensando que de una vez por todas, iba a poner punto final a esa mañana de locura.
Me equivocaba.
-Llegamos! – chillo Fernández. - Estacioná pronto!, abrí atrás!, sacá el dinero!- escupía órdenes como una ametralladora, casi sin parpadear, las mejillas encendidas, la frente perlada de sudor.
Eso hice mientras Fernández se dirigía al Banco.
En esa época los bancos todavía mantenía sus vidrieras abiertas. Eran instituciones señeras, respetadas y queridas por la población como si fueran verdaderos aliados de su futuro. Solo después del corralito empezaron a aparecer las persianas blindadas, y las cortinas metálicas. Sin embargo, mientras yo porfiaba por mover a Sandoval, que inerte, yacía desplomado sobre las sacas, veo que Fernández comienza desesperarse aún más, frente a la puerta del banco.
-Abran!, abran, carajo!!.
Ya eran las 12 menos cuarto, el horario de banco estaba en pleno apogeo, aunque parecía como si el banco no tuviera actividad ninguna.
Con dificultad pude hacerme de dos o tres sacas, que acarree hacia la puerta, aún cerrada. Fernández golpeaba desesperadamente y porfiaba por abrir pero la puerta estaba indiscutible y fatalmente cerrada. Sin embargo, dentro del banco parecía haber una débil actividad, aunque no había publico.
Furioso, El ex poli saco nuevamente el revólver y con la culata empezó a dar golpes a los vidrios.
-Abran, carajo!!, qué pasa.??!!
Al cabo de un par de minutos, apareció, a paso cansino una empleada, de unos 60 años, con peinado alto, de peluqueria, mascando un chicle, y una lima de uñas entre las manos.
-Que pasa? Que quiere!, no ve que está cerrado!
-Cómo cerrado?,,- gritó el loco, Si son las doce, abran que tengo que dejar un dinero en deposito… orden del intendente!!!
-NO señor, el banco esta cerrado por medidas de fuerza tomadas por el personal. Hoy no se atiende.!
-NO me importa!— abra, o entro por la fuerza.-
La mujer se dio vuelta y le dijo, -Grosero!. Voy a buscar al delegado.!
Fernández seguía golpeando los vidrios y chillando groserías, a cual peor, Los transeúntes comenzaron nuevamente a arremolinarse, frente al dantesco espectáculo d e un loco furioso golpeando los vidrios con la culata de un revolver y gritando y gimiendo. Al rato, se apersonó en la puerta un individuo de unos 50, redondo como el gordo Porcel, pero mucho menos cómico.
- Compañero-, le dijo, -el banco está cerrado.-
-No puede estar cerrado. Estamos en pleno horario bancario , atiné a decir
-La Comisión en Enlace, La Mesa Coordinadora de Asambleas gremiales y la Comisión Interna de la sucursal, han decidido por unanimidad en el día de la fecha, que ante los insistentes reclamos de recomposición salarial, y mejoras en las condiciones de trabajo y la soberbia demostrada con la patronal, que ha desoído nuestros reclamos de incluir un descanso de 25 minutos a las 12 menos cuarto a fin de ingerir el sanguche de milanesa reglamentario según convenio colectivo firmado el 17 de octubre de 1954, y ante la intransigencia de las organizaciones populares y sindicales en aceptar estos avances indiscriminados sobre las históricas conquistas obreras conseguidas durante años de lucha, hemos decidido tomar pacíficamente las instalaciones y no brindar servicios al público, el cual, seguramente deberá comprender, movido por los hondos sentimientos de solidaridad social que animan al pueblo argentino. De paso, aprovechamos esta oportunidad para adherirnos mediante este acto a la lucha de nuestros compañeros en la selva de Nicaragua, enviamos nuestros saludos al Frente de Liberación Farabundo Martí, abogamos por un rápida sanción de Naciones Unidas para evitar el bloqueo a Cuba, refirmamos nuestra adhesión a la lucha de pueblo palestino, condenamos la política de derechos humanos de este gobierno radical y gorila, exigimos la Liberación de Nelson Mandela, y reclamamos la vuelta de Bilardo a la Selección.
Ese fue el principio del final. De un final, que, podría yo decir, a esta altura se me antoja como anunciado.
La cara de Férnández se descompuso. Su color pasó del blanco nival, al rojo furioso pasando por el verde manzana, para terminar en un púrpura amagentado.
Dio media vuelta, revólver en mano corrió hasta la camioneta, arrancó de un solo manotón a Sandoval, que por lo visto le molestaba para algo, y volvió con la cuarta de arrastre en la otra mano, blandiéndola como un caballero medieval contra los molinos de viento. Sin mediar palabra, se enfrentó con la vidriera que daba a la calle, y empezó a golpearla salvajemente , hasta que el vidrio estalló en millones de añicos, ante la mirada azorada del compañero gremialista, de la compañera empleada, de quien les habla, y de centenares de transeúntes que fueron testigos de algo insólito:
Un señor de bigote, con un revólver en una mano y un fierro en el otro, destrozaba las vidrieras de un banco, y en vez de sacar dinero de él, empezaba a tirarlo dentro. Porque ni bien rompió la vidriera, Fernández volvió picando a la camioneta y luego de darme un empujón, me quitó las sacas y comenzó a revolearlas hacia dentro del lobby del banco.
En una mano el revólver, amartillado, y con la otra revolaba el dinero a través de la vidriara rota. A los pocos segundos, como era de esperarse, saltó a chillar la alarma del banco, una de esas viajas campanillas, como las de las viejas escuelas, sólo que diez veces más grande, que empezó a atronar la mañana, ahogando un poco los gruñidos de Fernández que a esta altura había perdido el saco, tendía la camisa desgarrada y manchada de la sangre de Sandoval, que se le había pegado al sacarlo de la camioneta para agarrar el fierro. Era una imagen patética, algo así como el Increíble Hulk, devaluado, y de color rojo violáceo, en vez de verde.
A esto se le agregó, como para decorar el marco final, las sirenas de la policía, yo no se si alertadas por el personal del Banco, que no sabía cómo enfrentar la situación o si por los vecinos que ya hacía media hora veían circular por el barrio un vehículo descontrolado con tres pasajeros sospechosos andando a toda velocidad por los laberintos de Lugano 1 y 2, mientras uno de ellos amenazaba a la gente con un revólver en la mano.
En la segunda corrida en búsqueda de mas dinero, Al tratar de revolear la bolsa llena de monedas, Fernández perdió el equilibrio y cayo de bruces sobre la vereda, con tanta mala suerte, que el revolver, amartillado voló por los aires, golpeó contra el cordón y se disparo, dándole a la compañera cajera en un brazo.
Los gemidos se multiplicaron, al tiempo que los patrulleros (tres) aterrizaban chirriando gomas, con las balizas rojas (si, eran rojas todavía) encendidas.
Fernández todavía yacía en el suelo, atontado, cuando cuatro policías se lanzaron sobre él. Se levantó como un resorte, y salió disparado hacia dentro del banco, pero antes que pudiera saltar la vidriera rota, otro cana lo interceptó. Comenzaron a forcejear, mientras Fernández se desgañitaba pidiendo que lo soltaran, que tenía que entregar el dinero del intendente, que nadie lo iba a impedir, que tenía una misión que cumplir, que los iba a matar a todos, y no se cuantas cosas más.
Cinco.
Cinco policías fueron necesarios para sujetarlo, hasta que pudieron esposarlo, y tirarlo dentro de uno de los patrulleros.
El dinero fue incautado por la policía, y luego de algunos trámites entregado de nuevo a la Ciudad que lo depósito en el banco.
Sandoval y la cajera, fueron llevados de urgencia al hospital más cercano, donde se repusieron favorablemente de sus heridas.
El pobre Fernández fue arrestado y llevado a juicio donde fue acusado de malversación de fondos públicos, abuso de autoridad, mal desempeño de sus funciones, conducir en exceso de velocidad, inducir a la ebriedad a terceros, lesiones leves y graves, privación ilegítima de la libertad a un menor (en ese caso, yo) , destrucción de la propiedad privada, intento de robo inverso, portación ilegal de armas de fuego, intento de homicidio, cargos todos ellos que fueron retirados por la fiscalía, al no haber ninguna denuncia, y determinarse que el pobre Fernández había actuado en estado de emoción violenta, aún el día de juicio permanecía en estado de shock, sin hacer articulado palabra desde el día de su arresto, tres meses atrás.

Sin perjuicio de ello, cumplió un arresto domiciliario de seis meses, por violación del derecho de huelga, y falta de respeto a un delegado gremial.
Con eso no se jode.

Yo, por mi parte, fui ascendido, y el episodio que les relato fue el comienzo de una brillante carrera en la función pública que ha sido el motor y la razón de mi vida, en una inexorable decisión vital de entregar mi persona y mis habilidades al bienestar ciudadano. Así fui parte del los equipos de privatización de Grosso, trabaje en le secretaría de hacienda con De La Rúa, inspeccione los carritos de la costanera con Olivera, recuperando hectáreas de parque para el dominio publico, coordine las cooperativas de trabajo de las empresas recuperadas con Ibarra, y zafando de milagro del tema de los boliches, que me encantaba, pero me dejaba de cama, trabajo ahora con Telerman, identificando esquinas estratégicas para convertirlas en rincones de París.
Algunos, de vez en cuando me gritan: veleta, corrupto!, pero yo no les hago caso. Arriesgué mi vida por esto, y me lo merezco.
Otros me gritan: maricón! Pero yo, como mi jefe les contesto que no soy maricón, a lo sumo, afrancesado.