miércoles, mayo 13, 2009

Voces en la puerta.


Es domingo.
Lo sé por la mañana, que se demora en el silencio, prolongando la modorra de la trasnochada.
La calle vacía de autos, las veredas quietas, alguna vecina, escoba en mano, que sacude las hojas de un otoño lerdo.
La vida camina lánguida los domingos, silente y calma. Sólo más tarde, las campanas dulces y antiguas, llaman a misa de nueve, o de once. Alguna madre presurosa, transita solitaria la vereda, de la panadería a la casa, con la bolsa de red en la mano, pan y queso rallado. Quizá alguna factura.
De a poco, perfumes de cebolla y tomate, anuncian tucos históricos. Mientras señoras grandes y de negro, y algunos niños se acercan a la parroquia para el monótono tedio del oficio dominical. No muchos. En estas tierras la fe es un asunto moderado. Ya mas al borde del mediodía, aparecen los 600, los 404, los Valliant, en busca de la reunión familiar y habrá ravioles, o fideos, amasados en casa y vino con chispeantes sifones, y charlas de padres e hijos y cuñados, y comentarios de la revolución que se vino, y de la que vendrá, y de lo mal que está todo y de dónde iremos a parar. A veces, se alza un poco la voz. A veces, algunas miradas callan y buscan el piso. Luego estará, claro, el domingo. El fútbol y el clásico. La cancha es un templo laico, los cánticos y los rumores llenan el aire ya desde el partido de reserva. Los colores, la fiesta, están siempre. Voces en calle, camino a las plateas y las tribunas. Voces coreando nombres, voces armando formaciones ideales, masticando apellidos. Las escaleras largas o cortas, el asiento de la derecha para el abuelo, más acá, el tío, el papá, los chicos. La Baja Belgrano es una sucursal de la mesa del domingo (al menos, era la nuestra). Allá, sobre la derecha, la popular se llena lenta.
Finaliza el preliminar, y el domingo se eleva en clamores, rítmicos, sonoros. Sólido, el rumor esencial se hace una masa completa que hace un tajo en las gradas, de lado a lado. Que se lleva la modorra de una siesta hace rato renunciada, y que levanta el alma, hacia otra parte, a lugares insospechados. Explota en algarabía, y cintas y papeles, cuando los jugadores salen al pasto, y el juego no alcanza para abstraer las gargantas, que siempre piden más, que siempre tienen a mano un canto, un grito, algún insulto. El partido no es gran cosa. Un empate de ésos, de tantos. Apenas Amadeo deleitándolos con sus picardías, para delirio de la platea de señoritas, que lo idolatran, como a un dios griego. Luego, como pasa a veces, cuando todo languidece, la muchedumbre que empieza a irse, los cánticos más apagados, las banderines a mitad de precio, los choripanes fríos. El estadio comienza a vaciarse, y las voces se van deshilachando. Detrás del arco de Alcorta, los visitantes bajan agolpados, presurosos. Las escaleras en sombras, las barandas imprecisas. Primero los reclamos, los empujones, luego las protestas, los gritos, los insultos, luego los gritos distintos, el miedo, el pánico subiendo las escaleras desde abajo, el gemido, el llanto, el sollozo, la tragedia. Una tragedia, setenta tragedias. El ulular de las sirenas, el repiqueteo de los cascos de la montada, los gritos otra vez, más sirenas. Los flashes de los fotógrafos. Después la voces de los diarios, las medias verdades de la política. Luego tu voz, los escritos, los testimonios, las pericias, las sentencias. Tu voz siempre. Aún sabiendo cómo la verdad sucumbe, tu voz siempre, firme. Y ya les has contado todo. Una vez más. Ya está bien entonces.
Escuchás? Llegaron los chicos. Te están llamando. Te esperan afuera, para jugar. Vamos, que es domingo.



Buenos Aires, diciembre de 2008.

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