domingo, enero 12, 2014

Meditación


Meditación

Ahora que aprendo
Sigo respirando lento
Y de prestado y apenas
se cuela un ángel. Me acuesto
Y me sigue una sombra aérea,
a veces, fugante.
De vez en cuando me ilumino
y en un aliento, recuerdo un perfume
o huelo un viento.
Pero más son los días de paseo, en el monte de eucaliptos viejos
Ajados y cansados
Que sé que me quieren.
Que me han visto correr entre ellos, subirme a sus alas verdes y
Olorosas. Que siempre reciben mis silencios,
Con sus pestañas rumorosas.
Y me silban que
Ya está bien.
Que ya saben
cuánto me importa.
Y cómo será y siempre así,
Siempre para siempre.

Otra vez, respiro.

jueves, enero 09, 2014

Foto

Niño, nene, nenito triste y cercano. Niño escondido entre las chapas. Clavo en el zapato, diente de tierra, de piedra. De asfalto, de calles encharcadas y barrosas. Ojos abiertos y ciegos, oídos negados de cuentos Jesus! Si pienso y pienso el amor que espera cada día Encerrado en cajas de concreto, en abrazos solitarios y esperanzados Y saber que no. Que seguirá corriendo La carrera, el juego deshonroso de sobrevivir. Solo el horror es mayor que la angustia, que el desgarro. Caminatas de sombras. Nieblas de sueños que apagan el hombre. Gritos que mandan, puños que aprietan, ordenan. Y matan Si solo fuera feo. Es peor. Es desesperante, es la derrota de todo futuro. Es la impotencia de darse cuenta que, a pesar de todo, es peor cada día.

god

God. Escribí “God”, en la ventana. Así, en inglés. Cuelgo muchas cosas de la ventana. Debe ser una manera de querer que sepan como estoy. A veces cuelgo calzoncillos, otras cosas más sofisticadas, una carta, una bata de seda, un poema. Muchas veces he colgado cosas con ilusión y esmero, y eso no recibe ni una mirada. Cosas intrascendentes, se convierten escándalo. Nunca entenderé la ventana, o jamás entenderé a la gente. Esa tarde, en el vidrio empañado de una noche de helada, colgué “God”. Pude haber escrito “Dios” u “Oh, Dios!”. Pero no. Lo dije así, con el dedo, y en inglés, como quien suelta un suspiro, mitad alivio, mitad renuncia. Diosssss, con esa ese sibilante final, en español, se me hace claudicante, más “abajo”. La ventaja de los monosílabos sajones es que se hacen más carne en las emociones. Dije “God” y solté el aire, y la bronca. Y aflojé el cuello, dando por terminado el día, o la noche, ya no recuerdo. O no me importa. Dije “God” como quien se recuesta en el hombro de una mujer y se deja ir. Fue un acto reflejo, y no esperaba respuesta. Pero hubo. Casi instantánea, como los milagros que El puede. En inglés y en español. En el idioma que sepas, o el que quieras. Hay un idioma ligado a las emociones, que habita en mí. Y siento, quizá traicionando mi lengua, mas no a aquéllas, que no es lo mismo decir “te quiero”, que “ti voglio”. Entre una expresión y la otra, hay kilómetros de fuego y volcanes de distancia, recorridas a doscientos por hora en Ferraris furiosos, como labios apretados en combustión permanente, salpicados de vinos de terciopelo y soles de fábula. Se puede decir, “querida”, pero no es igual a decir “habibi”, como quien acaricia una mejilla tornasolada de aceitunas maduras, o saborea un baclava, dejando el almíbar en la punta de los dedos, para llevárselo a los labios en tres, cuatro o cinco besos. O pedir: “no te vayas, no me dejes”, no tiene nada que ver con mirar de frente, cara a cara, y rogar “ne me quittes pas”, jurando que te reducirás a la nada, que serás la sombra de su sombra, la sombra de su perro, la sombra de su mano. Pienso en Brel (y en una o dos personas más) y lo hago en francés.

Aire

Aire Sordo hierro hundido en el asfalto Unas vía secas del fantasma o Acaso la memoria del tranvía. Me encienden. Un ruido como aire. Aire Siento que puedo terminar ahí, morir. De rodillas, en mi cama No puedo gritar, no tengo lugar. Algo trepa desde abajo, desde el fondo de adentro Inunda la garganta, la quema. Flexiono el abdomen. La desesperación avanza. Me aprisiona los músculos. Trato de pensar. Esto ya ocurrió. Toso. Sólo que hoy es más fuerte, o más largo? Sostengo la respiración. Sé que el aire de todos modos no llegará. Cuánto podré soportar esta vez? Cuándo perderé la lucidez? Me sigo moviendo, tratando de desbloquear la tráquea, o los bronquios. Toso. Duele, mucho. Arde un ácido incinerante. Finalmente, respiro.

domingo, noviembre 27, 2011

Arenas

Vientos cambiantes
Como la voz temblorosa
De esa mujer absoluta
Una mujer incierta, devuelta
Por la espuma una tarde
Esa tarde casi comida por la noche
Por la noche crujiente de arenas
suaves y caprichosas.
Esas arenas que desprecian las huellas
De los amantes
Y los castillos de los niños.
Por el borde caliente de la cuchilla
La cuchilla que quema
Esa maravilla de cantar una botella
De cantarla en tus ojos que suspiran
Permisos delicados y frutales.
La cansada cuesta de suspiros
que recuerdan los ardores del dolor.
Los rencores del pedir, del deseo
Abierto y herido, del ansia de desaparecer
Allí dentro. Y seguir, hasta perderme.

domingo, agosto 08, 2010

Mañana de domingo





Hoy se despertó pesada, los ojos hinchados, la garganta seca. Ya había algo de luz en el cuarto. Esa maldita persiana no terminaba de cerrar. Sin atreverse a girar hacia el lado equivocado de la cama, alargó su mano derecha a la mesita de luz, y tomó el vaso. Sin terminar de abrir los ojos. Se incorporó apenas, esperando aliviar el malestar con el resto del agua, pero el vaso estaba vacío. Ahogó un suspiro ronco y se sintió apenas un poco peor. Apartó la frazada y la sábana y se sentó al borde de la cama, indecisa. Esperó unos segundos. Nada. Solo el silencio del domingo. De una mañana cualquiera de un domingo inútil. Nada. Bajó de la cama y miró, ahora sí, al otro lado. Apenas la leve depresión del colchón confesaba su ausencia. Un espacio vacío. Un agujero. Un cero redondo y completo como el silencio de ese domingo. Le pesó la cabeza y la nuca, y se odió con todas sus fuerzas. Otra vez, pensó. Se mordió el labio con tanta fuerza que sangró. Fue al baño. Se lavó la cara y abrió la ducha, caliente, muy caliente. Mientras el agua corría puso la a calentar la pava. Otra vez se había ido. Se había escapado, como el cobarde maldito que era. Ni siquiera la despertó para despedirse, ni siquiera una nota. Nada. Miró por sobre su hombro la cama grande, las sábanas desordenadas y le apreció que todavía podía adivinar el hueco que dejara el cuerpo del lado izquierdo. Su lado era el derecho, más cerca del teléfono del baño, de la puerta. El otro siempre fue el lado del otro, el de la ventana. Ella era local, el otro visitante.
Pero nunca como esta vez deseó tanto que se quedara. Todavía podía ver la cara mezcla de asombro y de ternura que él puso cuando ella le dijo que no podía creer que por un rato sería todo de ella. Por un ratito, se repitió, todo de ella.
En el baño, se encontró frente a frente con su cuerpo, todavía lleno de su aroma, desvestido para la ocasión. Se sintió estúpida y tonta en ese conjunto tan sexy. Tiró la lencería de seda roja al cesto de la ropa sucia, y se metió en la ducha hirviendo. Se quemó, y mezcló con agua fría. Se bañó rápido, sin saber por qué. Descolgó la vieja bata de algodón de la percha de la puerta del baño y cuando volvió a enfrentar el espejo vio sus ojos rojos, derretidos en lágrimas ácidas y vivas. Apretó los labios, y se prometió que no lloraría. No más. No por él. Al final de cuentas, no era más que un cagón.
Abrió la persiana del living. El sol invadió el silencio de la sala, entrando como un domingo entero. Había huido. No podía dejar de pensar que, otra vez, se había ido. Había escapado a su guarida tonta y burguesa, a su estúpida casita con flores en el jardín, con una rural en la puerta, con una mujer boba y gruesa que ya no le hacía caso, y sus hijos, grandes gordos y bobos como su madre, que sólo aprovechaban la billetera del padre. Que se joda.
Apagó la lámpara del sillón. Se la había regalado él. Tendría que sacarla. No quería saber más nada, no quería recordarlo siquiera, quería extirparlo de su vida. Era una lámpara linda, un diseño moderno y original. Una pena.
Nunca se resignó a la verdad; él nunca se separaría. Ahogó un grito, quería gritar, tenía bronca, impotencia, ansiedad. Al final de cuentas, ella siempre lo supo. Ella le dijo que no le importaba. Que ella sabía que era así. Que se quedara tranquilo.
Una mierda. Una flor de mierda. Tenía que sacar la lámpara, y esas láminas que le trajo de un viaje. Le dio más bronca todavía. Todo eso le gustaba, él tenía buen gusto. Todo el departamento estaba lleno de sus marcas. Fue el único que la acompañó cuando tomó la decisión de comprarse el departamento e irse a vivir sola. Hasta compraron la heladera juntos. Una locura.
Volvió al dormitorio, deshizo la cama y tiró las sábanas al suelo. Las hizo un bollo y las apartó para llevarlas al lavadero. No. Pensó mejor. Las sábanas … las quemaría. Eso estaría bien. El fuego purificador se llevaría las cartas, las pocas fotos, las sábanas. Luego tirarías las láminas y regalaría la lámpara. Y la heladera. En fin, la heladera no. Era mucho quilombo. Quemaría las sábanas. Eso estaba bien. Era simbólico. Borraría todos sus mensajes, cambaría el número de su celular, nunca más pisaría siquiera la vereda de su escritorio. Nunca más. Maricón, pensó. Cobarde. Se fue, podés creer, se fue….calentito a casita… era una mierda, pensó. Ni una nota. Ni un beso. No, nunca más. Basta.
Estaba tan enojada. Una vez. Le había pedido nada más que una vez se quedara con ella una noche entera. Pero no. Ni eso. Ni una noche. Mierda.
La culpa era suya. Se lo decía una y otra vez, pero no aprendía. No importaba cuan infeliz fuera, que su mujer fuere brujas, harpía, una frígida serpiente o un enorme elefante menopáusico. Siempre volvía a su cubil.
Y los otros?, se preguntó. Los otros ni figuran. Al menos él tenía ganas de alguna diversión, de alguna aventura.
Todavía recordaba la cara de él cuando en pleno viaje en taxi, le bajó el cierre del pantalón y a vista y paciencia del taxista se ocupó de atenderlo como si estuvieren en la más absoluta intimidad. El se había reído mucho contándole cómo veía la cara incrédula del tachero que por el retrovisor intentaba decidir si lo que veía era cierto o el recuerdo de una película en el canal condicionado. Se reía a carcajadas cuando llegó a la parte en que casi chocan en un semáforo. O esa otra vez, en el estacionamiento del restaurant de San Isidro, al lado del río, detrás de un árbol. Pero él era además una buena compañía. Un amigo. Alguien con quien conversar, horas enteras. Caminando por cualquier calle, escondido en cualquier café. Si, él era más divertido que cualquiera de los solteros elegibles que su familia le ponía delante, cada fin de semana. Maniáticos adolescentes tardíos, perdidos alrededor o dentro de su propia burbuja. Un plomo. Qué mierda. Tendría que borrar esa sonrisa de su vida. Volvió a enojarse. Era un turro. Un hijo de puta, un tarado.
De repente oyó algo en la cocina y se acordó que había dejado la pava con el agua para hacer café. Cuando llegó, el agua hervía con mucha fuerza, y al sacarla del fuego, la tapa saltó por los aires, y el vapor le quemó la cara, y la tapa cayó en su mano. Gritó, más enojada aún y además dolorida, insultado a diestra y siniestra mientras la pava rodaba al suelo y el agua hirviendo mojaba el piso de la cocina y le quemaba los pies descalzos. Dio otro gritito y salió hacia la entrada. En ese momento sonó el timbre, a sus espaldas. Quién sería, justo ese día, esa mañana, en ese puto momento que la vida se cagaba de risa de ella, y le quemaba la cara, los pies y las manos, y los ojos no veían la luz de la mañana de la bronca y el desarreglo que era su vida entera, en ese mismo momento en que se sentía morir, o se quería matar, (no lo tenía bien claro, era demasiado temprano y el café era un proyecto demorado) quién carajo sería? el portero, el diariero con la factura, , .. su madre? O peor, su hermana? Ahora?, qué rompebolas, por Dios! Abrió la puerta violentamente y sin pensar, gritando, quién es?!
La miró desconcertado, le pidió que la perdonara, que no la había querido despertar, pero que se había olvidado la llave- que había ido a la panadería, le dijo, balanceando estúpidamente un paquete de facturas del rulito de un piolín. Le dijo que la mitad eran de grasa, y la otra, de manteca.

miércoles, mayo 13, 2009

Benkós

Hundió sus manos en el cuenco de madera, y el agua resbaló sobre su cuero calvo.
Las perlas que caían por su cuello y sus brazos devolvieron chispas de las antorchas que quemaban la noche.
Oyó crepitar los tambores, al son de las fogatas, los cantos de los hechiceros, el rumor de su pueblo, congregado alrededor del fuego y las piedras que oficiaban de altar.
Dejó caer el sayo bardo y mugroso que lo cubría, desnudando su torso y espalda, mostrando el laberinto de su camino, dibujado a punta de látigo. Un pergamino en la piel, que marcaba el camino de su vida. Desde la Bahía de Benim, hasta la selva americana, pasando por Kingston, Tortuga, Cartagena. La chusma, al verlo, rugió enardecida.
Tensó los músculos, tomó la lanza y el escudo forrado en piel de onza. Levantó la mirada. En el centro del lugar una joven y bella mujer lo vió, sin mirarlo. Altiva y tan princesa como rey su padre, tan esclava y tan libre, enfrentaba al brujo de la tribu sin inmutarse.
Benkós llamó a su lugarteniente, y se aseguró que el español hubiera sido ajusticiado.
Sabía que había logrado huir gracias a su hija, perdida de amor por el príncipe blanco. No se lo reprochaba, pero no podía perdonarla. La princesa no abrió la boca, no emitió un solo sonido. No afirmó ni negó. Pero aceptó la ley de la tribu, Debía beber la pócima que el brujo le ofrecía. Si era culpable, moriría.
Benkós, el Rey del Palenque, el soberano de la Matuna, el Rey del quilombo, observó a su hija por última vez. Luego se volvió, y montó en su caballo, decido a reducir la ciudad a cenizas.
La pelota es el juguete perfecto.
Es obediente y confiable, si se la trata de manera sensible. Uno la tira para arriba, y baja. Si se la dirige hacia un objetivo, salvo error u omisión, lo alcanza. Es el juguete perfecto de los pibes. Puede ser de cualquier tamaño, precios y colores. Sirve para los juegos más sencillos y los deportes más populares. Con una juegan todos. No importa el color, la raza o la religión. La pelota es reina. La de trapo, la de medias, la plastibol o la “pulpo” que te dejaba los chutazos marcados. La de tiento, que no llegamos a usar. Hasta las codiciadas Pintier, o Tango de “los de primera”. Y las de ahora, que viajan como misiles. Las más sofisticadas: las aterciopeladas de tenis y la curiosa miniatura del golf, propias de mentes más perversas. Otras se han especializado, como las de básket o voley… Algunas han tenido que soportar tanto el peso del amor de sus adoradores, que se han ido deformando, como las de rugby.
Son, siempre, nuestro rato de alegría. No hay otro juguete tan amable, tan versátil, tan querible como la pelota. Es el primer regalo que recibe un varón y la compañera inseparable, hasta el día de su muerte. Está por verse si el Barba no nos tiene deparado un lugarcito para seguir jugando. Para Bioy, el paraíso era una cancha de tenis. Sueiro no se animó si decir si detrás de la luz blanca espera una gran pradera de gramilla verde, llena de Tangos lustrosas, listas para jugar.
La pelota es una amiga. Y logra su epifanía cuando se vuelve el centro, la generadora del milagro del encuentro entre los amigos. A su alrededor nos encontramos para jugar, aún adultos, como niños. Y en ese rato, seguimos siendo los chicos que nunca dejamos de ser. Esos chicos-grandes se encuentran una tarde cualquiera, y zas!: la amiga común obra el milagro, y el momento mágico se produce. Ese rato que queremos prolongar hasta el infinito. Y como no se puede, quedamos para la semana siguiente. A la misma hora. En el mismo lugar.
Así, hace 20 y pico de años, un grupo de pibes empezó a juntarse. Deambularon esa Buenos Aires querible y cambiante, hasta que un día, esos pies deseosos de diversión, los trajeron a la calle Fitz Roy. Desde entonces, cada jueves, como una misa pagana, celebran su rito alrededor de su amiga. Nadie sabe cuántos son. Ni quiénes. Se dice que entre ellos hay hombres de negocios, oscuros financistas, obreros, empleados, agentes de la Mossad, un par de abogados, gente de la noche, de la radio, hombres del arte y la arquitectura, cantores, poetas y matasanos de todo tipo.
Este es un lugar con historia propia. Sus paredes dan testimonio de ello. Aquí jugaron glorias de básket, como Roberto “el Negro” González, capitán de la mítica selección del ´50. Aquí hicieron sus primeros jueguitos Saviola y algunos otros…
Años de romance con el lugar germinaron en la idea de darle al Club Palermo el lugar que se merece. Un lugar donde departir al mejor estilo del Buenos Aires de todos los tiempos, un bar con vermú, aceitunas y papasfritas, y una comida casera, suculenta y porteña. Y alguna melodía. Para comer entre amigos. Los invitamos a compartir nuestra casa.
Voces en la puerta.


Es domingo.
Lo sé por la mañana, que se demora en el silencio, prolongando la modorra de la trasnochada.
La calle vacía de autos, las veredas quietas, alguna vecina, escoba en mano, que sacude las hojas de un otoño lerdo.
La vida camina lánguida los domingos, silente y calma. Sólo más tarde, las campanas dulces y antiguas, llaman a misa de nueve, o de once. Alguna madre presurosa, transita solitaria la vereda, de la panadería a la casa, con la bolsa de red en la mano, pan y queso rallado. Quizá alguna factura.
De a poco, perfumes de cebolla y tomate, anuncian tucos históricos. Mientras señoras grandes y de negro, y algunos niños se acercan a la parroquia para el monótono tedio del oficio dominical. No muchos. En estas tierras la fe es un asunto moderado. Ya mas al borde del mediodía, aparecen los 600, los 404, los Valliant, en busca de la reunión familiar y habrá ravioles, o fideos, amasados en casa y vino con chispeantes sifones, y charlas de padres e hijos y cuñados, y comentarios de la revolución que se vino, y de la que vendrá, y de lo mal que está todo y de dónde iremos a parar. A veces, se alza un poco la voz. A veces, algunas miradas callan y buscan el piso. Luego estará, claro, el domingo. El fútbol y el clásico. La cancha es un templo laico, los cánticos y los rumores llenan el aire ya desde el partido de reserva. Los colores, la fiesta, están siempre. Voces en calle, camino a las plateas y las tribunas. Voces coreando nombres, voces armando formaciones ideales, masticando apellidos. Las escaleras largas o cortas, el asiento de la derecha para el abuelo, más acá, el tío, el papá, los chicos. La Baja Belgrano es una sucursal de la mesa del domingo (al menos, era la nuestra). Allá, sobre la derecha, la popular se llena lenta.
Finaliza el preliminar, y el domingo se eleva en clamores, rítmicos, sonoros. Sólido, el rumor esencial se hace una masa completa que hace un tajo en las gradas, de lado a lado. Que se lleva la modorra de una siesta hace rato renunciada, y que levanta el alma, hacia otra parte, a lugares insospechados. Explota en algarabía, y cintas y papeles, cuando los jugadores salen al pasto, y el juego no alcanza para abstraer las gargantas, que siempre piden más, que siempre tienen a mano un canto, un grito, algún insulto. El partido no es gran cosa. Un empate de ésos, de tantos. Apenas Amadeo deleitándolos con sus picardías, para delirio de la platea de señoritas, que lo idolatran, como a un dios griego. Luego, como pasa a veces, cuando todo languidece, la muchedumbre que empieza a irse, los cánticos más apagados, las banderines a mitad de precio, los choripanes fríos. El estadio comienza a vaciarse, y las voces se van deshilachando. Detrás del arco de Alcorta, los visitantes bajan agolpados, presurosos. Las escaleras en sombras, las barandas imprecisas. Primero los reclamos, los empujones, luego las protestas, los gritos, los insultos, luego los gritos distintos, el miedo, el pánico subiendo las escaleras desde abajo, el gemido, el llanto, el sollozo, la tragedia. Una tragedia, setenta tragedias. El ulular de las sirenas, el repiqueteo de los cascos de la montada, los gritos otra vez, más sirenas. Los flashes de los fotógrafos. Después la voces de los diarios, las medias verdades de la política. Luego tu voz, los escritos, los testimonios, las pericias, las sentencias. Tu voz siempre. Aún sabiendo cómo la verdad sucumbe, tu voz siempre, firme. Y ya les has contado todo. Una vez más. Ya está bien entonces.
Escuchás? Llegaron los chicos. Te están llamando. Te esperan afuera, para jugar. Vamos, que es domingo.



Buenos Aires, diciembre de 2008.

lunes, noviembre 19, 2007



Tréboles tiernos.

Hay, o había, en ese paraíso que era la niñez,
tréboles tiernos, arrancados de un manotón
de la tierra húmeda, que deban en medio del jardín
un manchón negro, mitad barro, mitad nada.
Un rocío frío, de una mañana de julio cualquiera.
Despertarse era destronar la helada, ignorarla,
aplastarla a zapatazos, abrazando el hielo del día,
a mandíbulas llenas, a pulmón ardiente, a sudor forzado,
casi milagroso, entre el vapor que exhalábamos
como dragones sonrientes.
El desafío al músculo dormido, herido de orgullo.
La seguridad de poder sobreponerme.

Esas mañanas fueron un jirón de mi vida.
Y todavía hoy me siguen diciendo que
las estrellas se pueden tocar,
y que no hay medida para el deseo.
Que quebrar la quietud y la muerte,
la fatiga y el desengaño, es parte de la aventura.
La parte principal, y la primera.
La que como locomotora te lleva por la vida.

La vida es lo que uno recuerda de ella.



La vida es lo que uno recuerda de ella.

Pero también es lo que hemos vivido.
La memoria es selectiva, pero también variable. Hoy recordamos unas cosas, mañana otras. Es sorprendente cómo olvidamos diálogos, situaciones enteras ocurridas sólo minutos atrás, tan sólo porque no le damos la menor importancia a lo que se desprende de ellas. Y por otro lado, tardes completas, recorridos banales, y hasta perfumes certeros y secretos (un redondo aroma a vainilla), o imágenes casuales (la delicada tela de una camisa a cuadros celeste y blanca estallando contra el sol de una primavera lejana) se vuelven presentes aunque hayan ocurrido largos años atrás, si es que han impactado nuestra alma en la manera correcta. Nuestro mundo está signado por el interés que depositamos en esos momentos.
Es que la felicidad está hecha de momentos, de instantes más o menos duraderos. Y siempre recordaremos esos momentos felices.
Sobre todo porque la felicidad no es un lugar al que se llega, sino una manera de recorrer el camino que nos toca.
Y el dolor?
Ah, el dolor es, para mí, diferente. No se recuerdan tanto los momentos dolorosos, sino que hay ciertas faltas, ciertas ausencias que se instalan como nubarrones en algún lugar del alma, ese lugar que para el mundo exterior se refleja, generalmente, en la mirada.
En realidad es que el dolor no se recuerda. El dolor duele. Duele hoy, ahora. Es presente. No es pasado, aunque se remita a remotas experiencias o historias, y a veces, ni siquiera sepamos su auténtico origen. Simplemente está ahí, como una parte de nuestra personalidad. El dolor nos acompaña silente, como parte de nuestra sombra.
Somos nosotros, o a lo mejor esos otros momentos de gloria, de gozo, los que ponen nuestra sombra por delante o por detrás.
Es entonces que vivimos una sola vida, o todas aquellas que permiten nuestros recuerdos?
La memoria, mezclada con la imaginación, es un arma fantástica,. Herramientas que combinadas con algo de arte, permiten la creación de mundos completos y fantásticos.
Qué, eso no es la realidad? NO, claro que no.
Tampoco es la realidad que la vida sea lo que uno recuerda de ella. Es tú realidad. Así que tu vida será una para ti y otra diferente para quien desde fuera te vea.
Me pregunto si en algo habrá coincidencias. Presumo que en los casos en los cuales se verifiquen mayores coincidencias entre lo que uno siente y los demás perciben, serán los casos en que el común de la gente te perciba como una persona honesta, abierta, creíble. Visible.

Y en los demás casos, serás un castillo inexpugnable, un misterio.

Ahora veo y me pregunto, si la vida es lo que recuerdas, qué recuerdos habré dejado. Qué parte de esa vida soy. Porque lo que ocurrió lo sé. También sé lo que recuerdo.
Esa sensación transcurre como otro sendero del desencuentro.



La vida, lo vivido, lo atesorado, lo olvidado.
De todo eso estamos hechos.
Si pudiera elegir, y el don me fuera dado, me gustaría, como una esponja simpática, llevarme conmigo lo mejor de cada rato, lo mejor de cada encuentro.
Aunque quizás esa no sea una aspiración para esta vida, sino para la otra. Una manifestación del Paraíso.


Guardamos las memorias esperanzadoras, las promesas de estar mejor. Las voces quebradas, suenan como acordes de una canción de amor, las miradas enfurruñadas, como amaneceres, los besos volados, como lunas de noches marinas, los suspiros, como besos dados.

Es que nada pude hacer que mate esas cosas dentro de mí.

Estoy perdido, sin remedio.

Los Asesinos



Los asesinos.

Soy un agujero. Tengo un vacío en la panza, grande como un quasar.
Un trompo que no gira, pero que me horada las entrañas.
Nunca me creí perfecto, ni di por mi propia valía más de lo que ella importaba.
Y hoy sé que esa certeza es fundada. Nadie vale nada. Sólo valemos lo que la otra persona hace que valgamos en su propia vida, en su propia emoción.
Ni el estoicismo, ni el escepticismo o el aislamiento garantizan la libertad absoluta del individuo. La validación real, la afirmación de la propia existencia, se da en el otro. En el reconocimiento del otro.
Desconociendo o ignorando este detalle, uno podría conformarse o contentarse con permanecer ajeno, inerte, y expectante, desde una ética y una estética, más bien prescindente. Asi Pessoa, o, por momentos, Borges y tantos otros.
Y entonces, pregunto por qué y por dónde se forma este vacío, tan parecido a la soledad, esas ansias de completar nuestras vidas y nuestros sentimientos con emociones que nacen de nosotros mismos, pero que se alimentan del reconocimiento de los demás. De la amistad, de la devolución de gentilezas, del respeto..,
La ignorancia, el desdén y el olvido, se llevan las palmas como las armas nucleares contra la autoestima.
Nada parecemos sin el otro, sin su mirada, sin su llamado, sin su atención, sin su cariño, sin su odio.
Nada somos, cuando ni siquiera nos ignoran.
Y es que así, simplemente, no somos.
Nos aniquilan. No existimos. Nos matan, nos asesinan sin mover un solo músculo, sin pronunciar un grito, sin decir una palabra.
Y por eso andamos por ahí, desangelados, desiertos de él o ella. Agujereados sólidamente, consistentemente, como un dibujito animado, atravesado de lado a lado por un misil marca Acme, hecho de desapego, y olvido.
Nos decapitan, nos arrancan el corazón al dejarnos solos en el mundo.
Solos en la muchedumbre ruidosa. En medio de la multitud que clama por nosotros y nos tironea, arrancando gajos de nuestra voluntad, nuestro respeto, nuestros criterios.
Nos dejan solos, solos en medio de tantas cosas, de tantas obligaciones, de tanta gente.
Nos dejan solos, solos de ellos, solos de su perfume, de su presencia y de su voz.
Solos de sus suspiros.
Solos de sus ojos.

martes, julio 03, 2007

Manos.


Manos.
Manos en el subte.

Manos entrelazadas

N York
Abril de 2007
Manos agarrándose, manos apretándose, acariciándose, una a otras. Manos
Conteniendo, a veces acompañando, protegiendo
Manos guiando.
Manos entrelazadas, amarradas, anudadas, apoyadas.
Manos sobre manos, bajo manos. Mano a mano
Manos limpias, sucias de trabajo, pero limpias de mala intención.
Manos agradecidas, sonrientes.
Manos esperanzadas.
Pero, sobre todo, manos distintas, manos de uno y del otro, manos blancas sobre negras, manos marfiles y manos rojas, con guantes, algunas, callosas y rusticas las otras.
Manos gorditas, y manos elásticas, finas
Manos de pianistas abrazando obreros, manos de mucamas acariciando oficinistas,
Manos de edad, acompañando manos nuevas.
Y siempre los iguales, y los distintos, de la mano
Un arcoiris, una cascada de dedos y yemas y uñas, que se miman y acarician, que se rascan y se atan, que se raspan y vuelven a acariciarse y a estrecharse.

Y el gesto se repite una y otra vez, en la calle, en el parque, en los hoteles, en el restaurant, a la salida del teatro.
En el bar, en el café, y otra vez en el tren.
Y el gesto se potencia al ver a los protagonistas,
Combinaciones improbables de pieles, ojos y sueños.
Manos que en la locura de Nueva York hablan un idioma común, por encima y por debajo de la piel, de la edad y de la raza.
Manos que abrazadas, enlazadas, son nudos, redondos como mundos, como planetas enteros. Como vidas.
Vidas increíblemente unidas, caminos insólitamente cruzados y fundidos en uno.
Viajes individuales cuya única brújula fue el deseo, la búsqueda de un alma, viajes que se vuelven pares, y que no tienen color ni raza, solo tienen…. Sonrisa.
Eso…. Manos que sonríen.

Chacarera pa´ Daniel

Querido Dani:

Como lo dije en mi charla, es cierto que la belleza y la felicidad son cosa frecuente. Lo que yo he descubierto con los años, es que muchos de esos momentos tienen que ver con el contacto de las emociones, y la relación con las cosas que nos identifican y nos señalan como referencia en esta vida.
La tierra, la familia, la comida, la música, los amigos, son cosas tan simples y tan sencillas, como esenciales. Y cuando alguien regala esos bienes a otro amigo, es porque lo convirtió en parte de esas cosas. No creo que haya actitud más generosa.
Eso fue lo que sentí estos días, y no podía dejar de agradecértelo.

Será por eso que…

Cuando salí de Santiago
Todo el camino he cantado
Cante porque había sentido
un canto amigo a mi lado.



Claro que todo es mucho más intenso cuando se comparte con un grupo tan especial como mis queridos Luisianos. Amigos que te bancan hasta con sus silencios.


Compartiendo los caminos
Es como se entiende esta vida
Brindando con los amigos
Abrazando la alegría.


Así que de a poquito, a fuerza de pasteles y empanadas, de música y de sol, nos fuimos llenando de Santiago

Así lo viví compadre
Ud. diga lo que quiera
Pero fui feliz esa noche
Cantando una chacarera

Cuando me pasan estas cosas, mí única inquietud es tener la oportunidad de devolver tanta alegría.

Entonces…

Si alguna vez te pasa
Que andas solo en mi pago
Venite nomás por casa
Estarás como en Santiago!

Un beso enorme para todos, para vos, para Daniela, para tu encantadora Peluca, tus padres y Luciana, por tanta generosidad.

Y a mis Tigres….recordemos siempre que nosotros estamos para cosas grandes, ni a la izquierda ni a la derecha, ni siquiera al centro, sino ARRIBA Y ADELANTE!

Salú, y pesetas.

Ariel

Tréboles tiernos


Hay, o había, tréboles tiernos, arrancados de un manotón de la tierra húmeda, dejando en medio del jardín un manchón negro mitad barro y mitad nada.
Un rocío frío, de una mañana de julio cualquiera.
Despertarse era destronar la helada, ignorarla, aplastarla a zapatazos, abrazando el hielo del día, a mandíbulas llenas, a pulmón ardiente, a sudor forzado, casi milagroso, entre el vapor de dragón que exhalábamos.
El desafío al músculo dormido, herido de orgullo.
La seguridad de poder sobreponerme.
Esas mañanas fueron un jirón de mi vida.
Y todavía hoy me siguen diciendo que las estrellas se pueden tocar, y que no hay medida para el deseo.
Que quebrar la quietud y la muerte, la fatiga y el desengaño, es parte de la aventura.
La parte principal, y la primera.
La que como locomotora te lleva por la vida.

Hoy, hijo.


Hoy, que podemos, que la vida nos deja, caminemos juntos.
Aunque tus pasos, más ansiosos, a veces se angustien en mi (pretendida) serenidad.

Parece que te llevo y te traigo, y, en verdad, en cada tramo, crezco con vos, y mi pulso se acelera con el tuyo.
Cuánto de mí haya en vos, no lo sé.
Pero si alguno vez me interesó, si alguna vez verte era verme, verme mejor, verme niño, o joven otra vez, ya no es así. Eso ya pasó. Ya entendí.

Y hoy te veo a vos. Solo a vos mismo. Sí, es cierto, con algún aire, un halo.
Pero vos, entero, distinto y único. Creciendo, andando, tropezando, pero haciéndote.

Veo tus ganas y tu esfuerzo. Y te admiro.
Veo que cada día entendés mejor el valor de saberte capaz de intentarlo todo.
Que los únicos límites, los encontrarás dentro tuyo.
Que las únicas fronteras, son las que vos mismo pongas alrededor de tu corazón.

Porque no hay hombres, jugadores, equipos, materias u obstáculos invencibles.
Pero sí hay hombres indestructibles.

Y ésos son lo que con cada traspié, con cada desilusión, con cada desamor, con cada derrota, se vuelven a levantar, se lamen las heridas, se limpian la sangre reseca, se enjuagan las lágrimas (porque los indestructibles saben que llorar está permitido), y se vuelven a levantar, y vuelven a intentarlo.
Animados por una llama, un fuego sagrado que todo lo supera.

Cuida esa llama.
Aún cuando todo parezca apagarse.
Guárdala en un lugar secreto de tu corazón
Protégela, porque ésa es tu esperanza, ése es tu fuego.
Y sin ese fuego, hijo mío, la vida,
la vida no vale nada.

domingo, diciembre 31, 2006

A Jorge Poccard






A Jorge.

Hoy, tarde, como suele ocurrir con estas cosas, me enteré que mi padrino Jorge había fallecido
Me hubiera gustado saludarlo. Desearle buen viaje.
Un viaje que él siempre imaginó. Una travesía para la que se preparó toda la vida.
Jorge era mi padrino de confirmación, el sacramento que los católicos dedicamos a refirmar nuestra fe, protestada originalmente en nuestra representación por nuestros padrinos de bautismo.
No fue una elección al azar. Jorge era un verdadero custodio de las almas que se le confiaban, de las que se le aparecían en la vida.
Nunca dejaba de dar, aunque sea por un minuto, un pequeño testimonio de su fe, de la suya, que era la de los dos, y de su profunda devoción.
No compartí demasiado tiempo con él.
Teníamos círculos diferentes, mundos apartados, en la edad, en lo social, en lo geográfico. También, debo reconocer, en lo espiritual, sobrepasaba en mucho mi predisposición a tan superiores tareas.
Una especie de santo en vida, su vida terrenal fue dura. Esforzada. Llena de desencantos que é tomaba con una paciencia y naturalidad que sólo quien confía ciegamente en la Divina Providencia podía tener.
A pesar del poco tiempo que pudimos pasar juntos, me enseñó algo que nunca olvidaré:
Encontró una manera de rezar mejor.
Rezaba mucho, y por todos, pero encontró la manera de sublimar el rezo, en la poesía.
Delicadas y certeras estrofas, ardientes llamados y regalos a Dios, a la Virgen, y a los Santos.
Bien dice que quien reza cantando, reza dos veces. Pues en sus versos mi padrino llegaba al corazón de los más ineptos, de los mas desprevenidos, porque ése es el don de la poesía. Ser el camino hacia los corazones más delicados. El de los más sufridos. El de los solitarios y los olvidados. Los verdaderos pobres de espíritu.
Sin saberlo, o quien sabe, todo lo contrario, me enseño ése camino como uno que yo podía usar cuando me fuera necesario, a mi modo. Así lo hice, y fue una gloria.
Seguramente fue un caso de plegarias atendidas.
Que estas líneas sean entonces mi saludo. Un agradecimiento y un pedido. Para que desde donde estés, sigas intercediendo por nosotros.
Hasta vernos!


Ariel (h).

lunes, diciembre 25, 2006

Mi carta por la Paz.





Mi carta por la paz.

Tengo un dolor sordo
Una pesa en el pecho

Una sombra ominosa y densa que me hace compañía
Paseando colgada de mi alma, como una larga, silenciosa y pesada cadena.
Es una sensación vaga, pero conocida, de angustia y de repulsa
Que espesa el aire y lo vuelve venenoso

Anonadado me invaden las noticias, y nada da consuelo.

Así es la guerra.

Así es para mí, para quien vive aquí, y sabe que sus raíces llevan hundidas en este querido suelo más de cinco generaciones cuando un tal Agostino le escapó a la suerte
Y se vino de Verona en 1850.

Y esas raíces son la que me hacen crujir el alma cuando sé que en estos años
Abrazaron y fueron abrazadas por miles de manos y labios
Por Estheres y Fátimas, por Davides y Hassanes
Que llenaron de savia y de vida este suelo

Que alimentaron sus sueños inmigrante con blinis y con baclavas
Al tiempo que se hacían gauchos de rastra y chorizo.
Y compartían su pan y su vino.

Mierda, qué difícil es entender, y cuánto duele!

El caminante que soy ha hecho posta en esos santos sitios, llenándome de admiración y de emoción, pero sobre todo, ese mismo camino, allá y aquí,
me ha dejado reposar en algunas de esas almas,
y me ha permitido tocar alguno de esos corazones.

Nada me es tan ajeno como la indiferencia..
Esta tierra y esta historia, fueron y son la tierra prometida para muchos de ellos
También lo es para mí.
Aquí hemos construido una casa común.

No es un palacio, ni una gran mansión.
Se parece a lo que somos, un gran rancho de paja y adobe,
En el que algunas tejas están flojas, donde algunas ventanas no cierran
Y donde algunos caciques se hacen pasar por otarios para avivarse un poco.

Pero es la casa de todos.
En ella
El mate esta calentito
Y en la ronda, no hay distingo.

Quizás, desde acá podamos hacer algo.
Al menos, mostrar cómo es posible convivir en el amor,

Enseñar desde la piel de nuestros hijos, mitad canela, mitad leche cuajada,
Desde sus ojos, azules como el Mediterráneo
O moros como el desierto
En sus sangres mezcladas
En nuestro orgullo mestizo.

Que seguimos creyendo que no hay bien en la guerra
Y que la única razón
Es la esperanza.






Ariel G. Dasso
Buenos Aires , julio de 2006

La Pirámide

Fui en busca de un sueño
De un pendiente, de una ilusión.

Necesitaba ver ese lugar sagrado
Y ser parte de él.

De manera prosaica y
sin dejo de dulzura
Casi comercialmente me llevó el día

Me acerqué caminando despacio
Respirando profundo
Esperando sentir, hacerme parte.
Vibrar

Quería sostener una canción,
Un poema
Una rima que aún no había escrito, pero
Que le pertenecía a este lugar desde
Que tuve noción de su existencia

Ansiaba maravillarme
Y emocionarme

Caminé lentamente, hacia la pirámide mayor,
Resguardando mis fuerzas, soñando trepar los 91 escalones

Me presenté ante el monumento
Y una simple y tonta soga de cáñamo
Me anunció que no.
Que ya no se podía subir.
Que esas alturas me estaban vedadas.

De repente me invadió una sensación de profunda tristeza
Una frustración tremenda (exagerada, quizás)
Que me duró casi todo el resto de la visita.

Me enojé con el lugar, con el guía, con el calor brutal
Con el sol que me picaba
Con la sed
Con el agua mineral casi caliente que llevaba en la mano

Caminé hacia el Campo de pelota,
Probé el eco del lugar. Seguí caminando al observatorio
Que sí conquisté con mi torpe escalada.

Casi dos horas después, volvía estar frente a frente con la pirámide
Ya solos
Casi sin gente

Soné mis palmas otra vez, para escuchar
El eco del grito del quetzal

Me planté en el suelo, mirando el altar arriba, desde donde alguien
Parecía sonreír burlonamente
Mirando de soslayo hacia abajo
Como queriendo decir que ahora
Las cosas estaban finalmente en su lugar,

El arriba, donde pertenecía. En el mundo de mis sueños.
Y yo, abajo.
En el mundo real.


Chichen Itzá, 2007

Bailar en las calles



Bailar en las calles


El aire está tibio,
Como un suspiro querido

Ha llovido, pero el alivio
De la brisa fresca duró poco

La noche, todavía no tiene estrellas, pero las calles, lentamente
Se van poblando
De turistas y de lugareños
Hoy los cafés han sacado sus mesas a las calles
Y las plazas

Y Mérida está llena de música
Y de gente.

Pronto la salsa y el merengue
Ganan el aire

Y la gente comienza a bailar, en las calles
Los novios que pasean
Las gentes del lugar
También los turistas
Los que estén solos y
Los que están acompañados

Es casi un rito popular
Una manera de bailar por el goce de hacerlo

Con destreza o sin ella
Con las ganas de gozar el momento

Vi como varias personas que no se conocían
Se invitaban a bailar
Me preguntaba
Cómo es
bailar con un desconocido

Una persona que te toma de la mano
Y te lanza al espacio del ritmo
Y la melodía
Apenas cruzando de vez en cuando las miradas
Porque lo que importa es el baile

Cómo te lleva y te trae
De la alegría a la melancolía
Un poco lejos
Un poco cerca

Con cuidado
Y sin ofender

Y así, el desconocido
Ese que no tiene rostro
Ni cuerpo
Porque la densidad es de la melodía
Y la profundidad es la del ritmo

Tiene el rostro de todos los rostros, (o ése rostro)
Los brazos de todos los brazos, (o ésos brazos)
El aliento de quien más te guste
Tibio
Como el aire de la noche

Bailar en la calle
En tierra de nadie
O, mejor, en la de todos
Es soltar las amarras
Es dejarse llevar

Y por un momento
Imaginar
Que estas
En el lugar
Que querés estar.


Mérida, 2006.